En el ciclismo actual, en la época en la que el talento de los Pogačares, Bernales y Evenepoeles emerge, de súbito, quemando etapas a la velocidad de la luz, aún quedan ciclistas prometedores que van desarrollando sus cualidades a la antigua usanza: a fuego lento, año a año, temporada a temporada, con una progresión más lógica y pausada, pero sin detenerse.

Es el caso de Davide Ballerini, velocista nacido el 21 de septiembre de 1994 en Cantú, ciudad del norte de Italia, próxima a Monza. Famosa esta última por ser la casa de la escudería Ferrari. Sin embargo, Ballerini no es exactamente un prototipo del Cavallino Rampante. No tiene el pedigrí ni el motor de esos monoplazas que son el orgullo de Italia. Lo suyo es la fuerza, uno de esos esprínteres que, con cada golpe de pedal, con cada riñonazo, hacen temblar la tierra como una estampida de bisontes.

Después de que debutara en 2016 en las filas del desaparecido Tinkoff, ha llegado el momento de que el lombardo dé un paso al frente y comience a demostrar las cualidades que se le presuponen. Por suerte para él, no hay mejor equipo para esprintar que el suyo, Deceuninck.

A priori, debe ser la mecha que lance hacia la victoria esa bala de cañón llamada Sam Bennett. Cuando falte el irlandés, tendrá permiso para soltar a los bisontes y buscar la victoria con libertad. Este año no contará demasiada competencia en casa, ya que la nómina de velocistas en el equipo de Lefevere es más exigua que en temporadas anteriores. Además de Ballerini, reclamarán su oportunidad otros hombres como el colombiano Álvaro José Hodeg; el holandés Fabio Jakobsen, una incógnita en su vuelta a las carreteras tras el fortísimo accidente que sufrió en 2020.

Y un Mark Cavendish que tiene una inmensa vitrina de victorias, casi todas de lustre, pero todas cubiertas de polvo. Con Cavs, aparte de equipo y vocación, comparte rasgos físicos; ambos tienen pinta de ser el mejor nadador de cualquier instituto del medio oeste norteamericano. Aaunque los dos prefieren subir al podio y bañarse en champán antes que hacerlo en el agua de una piscina.

Previo a su fichaje por Deceuninck, el canturini pasó dos años en esa fábrica de diamantes por pulir que es el Androni de Gianni Savio, y uno en Astana, donde logró un resultado bien extravagante: el jersey de mejor escalador del Tour de California 2019. Y es que las subidas están lejos de ser el fuerte de este muchacho. Se defiende en alguna tachuela, en puertos de poca dureza y en llegadas que pican para arriba. Pero no es Marco Pantani ni siquiera Boasson Hagen. Eso sí, rueda más que una pelota de fútbol —requisito indispensable para ser parte de la manada de Lefevere—. Y, como ya se ha apuntado, amenaza con dar guerra en las llegadas masivas del próximo lustro.

Por ahora, ha comenzado la temporada como un rayo, levantando los brazos en las dos primeras etapas del Tour de la Provence, que han sido, además, sus dos primeras jornadas de competición en este 2021. Y no ganó en su tercer día, en el Mont Ventoux, porque no es Marco Pantani ni siquiera Boasson Hagen. Es, simplemente, Davide Ballerini.

Foto: Sirotti