Cuestionando la continuidad del World Tour…

Surgió el antiguo UCI Pro Tour (hoy conocido como el World Tour) a mediados de la primera década de este siglo. Nos lo vendieron, para que fuese bien acogido entre el gran público, con el eslogan de “los mejores ciclistas en las mejores carreras”. Traducido, venía a ser que los grandes ciclistas abandonasen aquellos calendarios en los que los grandes ases del pedal sólo se enfrentaban en el Tour de Francia y poco más.

Se suponía que, a partir de ese momento, iban a disputar y encontrarse entre ellos durante todas las carreras que pasaban a integrar ese calendario del UCI Pro Tour. Que íbamos a podernos deleitar viéndoles cómo se enfrentaban entre ellos en varias ocasiones a lo largo de la temporada. Y en todas ellas, íbamos a ver a esos grandes campeones totalmente competitivos. Más o menos, una vuelta a un calendario típico de los años setenta y anteriores del siglo pasado.

En aquellos calendarios ciclistas de los años setenta y anteriores no existía el ciclismo globalizado, más allá de algunas carreras exóticas fuera del continente europeo. La cultura ciclista imperante en la Europa ciclista era la que marcaban Francia, Bélgica, Italia, Países Bajos y España, ésta en menor medida. Un chico que naciese en uno de esos cuatro países, si le gustaba el ciclismo, para los doce años sabría exactamente en qué carreras se enfrentaban los grandes y por ello eran las competencias importantes. No hacía falta que ningún organismo ciclista las declarase como tales. Se sabía y punto. Era simplemente eso: “cultura ciclista popular”.

Pese a toda esa parafernalia y esos eslóganes rimbombantes de cara a la galería, el nacimiento del UCI Pro Tour no fue más que el resultado de la guerra soterrada que mantuvieron algunos de los equipos más fuertes de aquel momento contra los organizadores de las carreras, sobre todo, de las grandes carreras. Una guerra en la que se reivindicaban detalles tan nimios como que los equipos pudiesen lucir su publicidad en los bidones de los que bebían sus ciclistas durante la disputa del Tour de Francia, cosa que la organización de la gran ronda gala impedía.

Pero el verdadero quid de la cuestión de aquella guerra entre los organizadores y los equipos era el reparto de los derechos televisivos. Un tema, cómo no, económico. Unos derechos que se reservaban para sí los organizadores, sin repartirlos entre los protagonistas que acudían como artistas a aquellos escenarios que los organizadores diseñaban. Una situación en aquel momento percibida como injusta a ojos de quien escribe, porque le resultaba más congruente que los actores de aquel espectáculo televisivo también tenían derecho a llevarse parte de los ingresos.

Echó a andar por fin aquel UCI Pro Tour, sin que la guerra cesara. Hubo grandes bajas. Grandes revanchas. Pero éste no es el objeto del artículo de hoy. Echó a andar aquel UCI Pro Tour, sin que los grandes ciclistas se enfrentasen entre sí en las grandes carreras, como era el objetivo. Sólo en la actualidad, y no por ninguna obligación impuesta, sino por propia iniciativa de una generación de ciclistas que así lo han decidido, podemos asistir a temporadas en las que corredores están competitivos desde febrero hasta octubre. En este apartado, es de obligado cumplimiento reseñar al esloveno Tadej Pogačar.

Como en todos los procesos, conviene preguntarse de vez en cuando en qué momento se encuentran. Evaluar sus equilibrios y desequilibrios. Cierto es que los equipos no han conseguido su gran objetivo de hincar el diente al gran pastel del reparto de los derechos televisivos. Pero hay muchas más cosas que analizar.

Es destacable, en esta evolución del actual World Tour, el papel preponderante que en este equilibrio están ganando los ciclistas como tales. Sin un papel determinante en los inicios de esta guerra, ahora son los actores principales, por el poder que han adquirido como colectivo. Sus emolumentos han mejorado considerablemente desde la llegada del WT. Por supuesto, estamos hablando sólo de los ciclistas que están dentro de ese WT.

Los ciclistas, como colectivo, condicionan con su unidad el desarrollo de las carreras. Son capaces de decidir cuándo hay que “parar” una carrera, de decidir si se deja de disputar. De mediatizarla en cualquier momento. Innumerables ejemplos de esto hemos tenido durante las últimas temporadas. Al lector o lectora, suficientemente inteligentes, no hace falta que les repasemos estos ejemplos. Pero no sólo eso. Con esas actitudes, los ciclistas saben que están condicionando el diseño por parte de los organizadores de las carreras de futuras ediciones de esas pruebas.

No hace falta ser muy lince para saber leer entre líneas un “por ahí no me metas”, “este puerto no me hagas subir”, “no me metas este encadenado”, “no me metas esta etapa aquí”, o un “no me encadenes tres etapas de dureza”. E incluso el inteligente lector podría poner cara a los ciclistas que lanzan esos mensajes más o menos soterrados. Atribuyéndose además un derecho de representación que, como no pertenecemos a ese colectivo, no podemos valorar si es o no real. En demasiadas ocasiones, se “percibe” más al colectivo de corredores en sus labores de defensa de sus intereses corporativistas, que de dar espectáculo al aficionado.

Por otra parte, aunque los equipos-patrocinadores no han alcanzado su gran objetivo de los derechos televisivos, están bastante acomodados. ¿Por qué? Han entendido que, su mera permanencia en el circuito del WT les asegura una enorme publicidad. Es una publicidad, en buena parte, independiente de los logros deportivos que consigan durante las carreras. Les basta con que, cada tres años, no estén en los puestos de descenso. Los equipos han entendido que, actuando como unidad, como un único pack que los organizadores de las carreras integradas en el WT están obligados a aceptar sí o sí, salen muy beneficiados publicitariamente simplemente por el hecho de estar en la línea de salida de esas carreras… independientemente incluso del equipo que puedan alinear. La fuerza reside, cómo no, en su unión.

Pero esto fomenta el conformismo y la falta de combatividad de muchos de esos equipos en las carreras del WT en las que están obligados a participar. Quitando el puesto a formaciones que podrían aportar mucha más batalla, pero no están ahí por no pertenecer al selecto grupo WT. Desde la perspectiva de los organizadores, ese pack completo de equipos del WT que se ven obligados a aceptar, se convierte, en un cierto porcentaje, en una carga, en un peaje que como organizador dentro del circuito WT se ven obligados a pagar para seguir perteneciendo a él.

En España, siendo el Movistar el único equipo perteneciente a ese WT, se tiende a “dar caña” a esa formación. La realidad es que, tristemente, a lo largo de la temporada, hay muchos “Movistares” que pasan totalmente desapercibidos en gran parte de las carreras del WT. Pero que toman parte en esas carreras por los beneficios que les proporciona la mera pertenencia a ese colectivo WT. Que sería, desde su punto de vista, el peaje que les toca pagar a esos equipos.

Y bien. Como escribíamos anteriormente, de cuando en vez toca evaluar los equilibrios y desequilibrios de un proceso. Si hoy fuera momento de hacer esa evaluación, ésta sería la modesta opinión de quien escribe: Con el paso del tiempo, los equipos y sobre todo los ciclistas son los que están ganando excesivo poder en esta guerra soterrada. Se están convirtiendo en un único y auténtico oligopolio. Un poder que está mediatizando bastante la autonomía de los organizadores a la hora de diseñar sus propias carreras.

Porque una cosa es que, coyunturalmente, estemos asistiendo a una generación excepcional de ciclistas, que nos están brindando temporadas asimismo excepcionales de ciclismo espectacular. Y otra es que, estructuralmente, se estén sentando unas bases en las que, claramente, la falta de combatividad y el conformismo estén ganando la batalla. ¡No confundamos los términos!

Así que, quien escribe, lo tiene clarísimo. Aboga por la desaparición del World Tour. Por la desaparición de cualquier circuito cerrado de carreras, o de categorías de equipos más o menos estancas. También por la libertad de los organizadores por diseñar las carreras que les dé la gana. Por la libertad de los ciclistas y de los equipos por participar en las carreras en las que tengan verdadero interés. Y Por los acuerdos individuales, y no como colectivos. Que no sería nada nuevo. Que sería simplemente una vuelta al ciclismo que los aficionados veteranos vivíamos antes de que el neerlandés Hein Verbruggen alcanzase sus grandes cuotas de poder a finales de la década de los ochenta del siglo pasado, y comenzase a llevar a cabo sus sueños de globalizar el ciclismo.

Hete aquí que este análisis hubiera sido absolutamente válido hasta hace muy pocos meses. Pero hete aquí que, otra vez, un grupo conformado por los equipos más importantes del pelotón, encabezado cómo no por el actual Visma-Lease (antiguo Jumbo-Visma) personificado en Richard Plugge, está dipuesto a hacer una nueva aceleración de ritmo.

El propio Plugge ha denominado a su nuevo proyecto como “Superliga One Cycling”. Y, ¿qué quieren que les diga? Para un aficionado veterano como el que escribe, esto le parece “más de los mismo en crecimiento exponencial”: Una auténtica huída hacia delante en escapada bidón respecto al resto de equipos. ¡Bidonazo en toda regla!

Habla Plugge de un “formato similar a una liguilla”, de “patrocinadores más potentes”, de “ciclistas estrella que no den la espalda al espectáculo”. También se buscaría aumentar los derechos televisivos en busca de un ciclismo más rentable, pero compitiendo en espectacularidad contra otros deportes: la Champions League del fútbol, el golf, la NBA… que pasarían a constituir la nueva competencia del ciclismo en unas plataformas televisivas globalizadas.

Se trata en suma, y éste debe ser el gran objetivo de este proyecto de Plugge, de revolucionar las fuentes de ingresos del ciclismo. Se trata de considerar a los ciclistas como grandes estrellas del deporte. De revalorizarlos a nivel mundial. Y que reciban por tanto unos ingresos acordes a su valor de mercado (elevado por su presencia en esas plataformas televisivas). Para ello, es necesario conformar un “enjambre de equipos, organizadores y la propia UCI”,

El dirigente del Visma pone de ejemplo el vigente calendario de los grandes corredores en 2024, donde coincidirán únicamente en el mundial de Zurich: Necesitamos tener un calendario claro con un número limitado de carreras en las que los mejores corredores compitan entre sí”, afirmó. Según Plugge, “queremos hacer del ciclismo una Fórmula 1. Ahora hay 180 días de competición y las competiciones son exageradas, el ranking ciclista tampoco tiene la importancia que merece”.

Personalmente, todo esto me parece un “déja vu”. Algo que ya ha vivido nuestro deporte anteriormente. Concretamente hace casi veinte años cuando nació el UCI Pro Tour. Un terremoto aquél que dejó fuera de juego a un montón de equipos, de ciclistas y de organizaciones ciclistas. Y, quien escribe, no tiene la más mínima intención de apoyar el perpetuar en aquel error. Porque ese nuevo proyecto personificado en Plugge, que apunta a ser todavía más elitista de lo que lo fue el UCI Pro Tour, no garantiza absolutamente nada en lo deportivo, como los propios UCI Pro Tour y posterior World Tour han demostrado.

Simplemente garantiza unos mayores ingresos para una élite. Pero para nada se habla de los equipos actuales del WT que previsiblemente van a quedarse fuera de ese proyecto. A unos equipos éstos que, cuando empiecen a protestar por todo este asunto de la Superliga, no estaría de más recordales cuánto se han acordado ellos tanto de los equipos profesionales como de los continentales en los últimos años. En fin…

“Cuestionando la continuidad del World Tour”. El titular de este artículo. Bien pudiera haberse calificado de titular anacrónico. De un titular propio de la primera década de este siglo… Pero no. Sigue vigente. Sucede que, mientras unos pretenden huir del World Tour escapando hacia delante en crecimiento exponencial, otros propugnamos bajarnos del World Tour pero por detrás, abandonándolo definitivamente.

Fotos: ASO / Vialatte / Ballet