Giovanni Battaglin, el ‘wonder boy’ de Marostica y su doblete Vuelta – Giro (1981)

Hay algo de maravilloso en los dobletes. La escasa proliferación de los mismos habla de la dificultad de lograrlos. En nuestros días, con el orden de cosas establecido, un doblete Giro – Vuelta es más sencillo por todo el tiempo para descansar intermedio que se incluye. Si el doblete Giro – Tour ha estado restringido a unos solos privilegiados en la historia del ciclismo, el doblete Vuelta – Giro anterior al cambio de la española a septiembre de 1995 era ya directamente una gesta a la altura de las más grandes de la historia. Sí, el Giro retrasaba su inicio una semana, pero la Vuelta terminaba sus días a mediados de mayo.

Una semana o menos de descanso que nos lleva a dos únicos dobletes en esta concepción de un súper (e interminable) mes de sesenta días entre abril y junio. La dificultad del reto hizo que tan solo Eddy Merckx (1973) lograse esa machada de imponerse en sendas grandes de forma consecutiva, y eso habla bien del éxito de Giovanni Battaglin. Ambos lograron el mismo éxito, que fue obtener la victoria en Vuelta y Giro en una misma temporada. Sí, claro, Alberto Contador lo consiguió en 2008. Histórico porque sólo dos ciclistas antes lo habían logrado, pero la Vuelta ya se celebraba en el mes de septiembre, por lo que el mérito, que es mucho, es algo menor que en la fórmula anterior.

A Merckx se le esperaba. Era el dominador del ciclismo en todas sus vertientes y que el belga ganase ya no era casi ni noticia. Lo de Battaglin era bien distinto. No dejaba de ser irónico que el ciclista nacido en Marostica debutase en el Giro el mismo año que Merckx consiguiese el doblete. Aquello serviría de inspiración, no cabe duda. Ese mismo 1973 pisó el podio de Trieste para ser tercero por detrás del propio ‘Caníbal’ y Del eterno Felice Gimondi. El ‘wonder boy’ (chico maravilla) ya estaba posicionado para siguientes conquistas. Pero éstas no terminaron de llegar…

Sí, se lanzó a por el Tour de Francia, carrera que siempre le fue esquiva y donde ganaría una etapa en su segunda participación. Gio era un ciclista nacido en época de Merckx que puso a todos en el mapa sobre su presencia y que no volvería a esas cotas de éxito hasta la época ya de Hinault. Parecía gustarle salir en grandes fotos, en esos retratos para la historia. Su regreso al podio del Giro vino en 1980. Sí, siete años más tarde, y lo hizo de la mano del gran Bernard, quien conquistó su primera maglia rosa en Milán. Tercero de nuevo fue Battaglin, ya hecho un hombretón de casi 29 años, en su madurez deportiva.

Nadie se imaginaba en 1981 como el que iba a vivir. Ni siquiera el propio ciclista transalpino. Casi alcanzada la treintena le llegaría el momento de su vida, dos victorias que le hicieron entrar en la leyenda, en la historia de este deporte con letras de oro en una gesta que nadie fue capaz de repetir. Tampoco es que lo intentasen muchos ciclistas, correr la Vuelta y el Giro de forma consecutiva sí era más habitual en ciclistas que aprovechaban la forma adquirida en una para brillar en la otra. En ningún caso con la machada de llevarse ambas a casa, un hueco que la historia únicamente había reservado a Merckx y a nuestro protagonista de este artículo.

El italiano se presentó en la salida de Santander para debutar en la Vuelta. No era problema, ya que no le fue mal en 1973 con el Giro. La carrera española nada tenía que ver entonces con la de hoy, todo era una sucesión de etapas planas sin mucho más que contar. Lo único que se contaba era qué velocista acumulaba un número mayor de victorias. Los italianos ganaron tres seguidas, anticipando el festival transalpino que iba a venir en el segundo sector de la octava etapa. Battaglin quería aprovechar la forma de una carrera tan amable para coger la forma de cara al Giro de Italia.

El problema fue que no había excesiva oposición y le salió la contrarreloj de su vida en el segundo sector de la octava etapa. Desde Granada hasta Sierra Nevada, treinta kilómetros de ascenso que le valieron una victoria de etapa con la que completaba la triple corona (victoria de etapa en las tres grandes vueltas) y de paso sentenciaba la Vuelta. No tendría demasiada oposición por falta de recorrido y de rivales. Sí, Pedro Muñoz lo intentó, pero sólo le dio para ser segundo. En la subida más dura de la carrera, que era la de Rassos de Peguera, resistió las embestidas y terminó por sentenciar.

Terminó el examen y había obtenido una matrícula de honor, sin acumular demasiado desgaste de cara a su objetivo real, que era el Giro de Italia. Que era otra película completamente diferente, claro. Era uno de esos Giros mosersaronianos, con poca montaña y mucha contrarreloj. Battaglin no se adaptaba mal a ese molde, como había demostrado en la Vuelta apenas unos días antes. El problema iban a ser los rivales, que lejos de ser un escuadrón español venido a menos y que añoraba los años de Fuente y Ocaña, era una de las armadas italianas más duras de siempre.

Saronni, Moser, Baronchelli, Visentini, Contini… lo que era el Giro de los años 80, ciclismo clásico. El noruego Knudsen se haría con la victoria en las tres cronos individuales de la carrera, que sumaron en total unos 84 kilómetros. La primera semana fue una sucesión de victorias italianas. Acabamos antes si adelantamos que de las 23 etapas disputadas, sólo 6 fueron a parar a ciclistas foráneos. El dominio de los locales de la corsa rosa era un hecho. En esa primera mitad, Moser y Saronni alternaron la maglia rosa hasta que la primera crono larga dejó a un jovencísimo Visentini en cabeza.

Un debutante como Moreno Argentin estaba ganando etapas para convertirse en una de las sensaciones del Giro. Mientras tanto, las diferencias se movían en apenas segundos en las primeras plazas de la general. Battaglin fue séptimo en la primera crono larga y conservaba sus opciones intactas de cara a la montaña, donde Contini arribaba de líder. Era un buen ciclista el del equipo Bianchi. Aún resistió en la etapa del Passo Furcia que finalizaba en San Vigilio di Marebbe. Allí ganaba Giovanni Battaglin la etapa y ganaba enteros para asaltar la general.

Llegaba la etapa reina, la que finalizaba en lo alto de las Tres Cimas de Lavaredo. No cabía más mítica, tampoco más ventaja para Battaglin, a quien en un recorrido corto de apenas 100 kilómetros le bastaría con ser tercero en meta para ubicarse como líder y dejar atrás al resto de favoritos. Los suizos dominaron la victoria de etapa, pero eso no importaba. Giovanni había aparecido en el momento oportuno para alzarse como nuevo capo y resistir el rosa dos días más hasta la contrarreloj de Verona, donde el Giro ponía punto y final.

Era un terreno en el que, pese a la superioridad teórica de Saronni, el de Marostica iba a resistir, adelantando incluso a su rival en la clasificación de la etapa. Prim, el sueco, era segundo y firmaba también una interesante segunda posición en la general final. Saronni sería tercero, admirando desde el podio el pedazo de la historia que estaba teniendo lugar en el Arena de Verona, un lugar mítico que acogería un hito que no lo sería menos, con el doblete Vuelta – Giro conseguido y un ciclista al que ya no se esperaba en estas latitudes encontrando la mejor victoria de su carrera. Y la última…

Foto de portada: Riccardo Urnato