Hay cosas que se te graban en la memoria a martillo y cincel, cosas que no olvidarás por mucho tiempo que pase, y una de ellas, en mi caso, fue esta que nos ocupa. Como Pedro ya me había preguntado si iba a tener este mes el artículo, he pensado que lo mejor era escribirlo desde Loudenvielle, en el año 2025. Sí, me ha costado acabarlo, pero creía que tenía que ser especial y no encontraba la forma de terminarlo, el mismo día en que Pogacar y Vingegaard se la van a jugar en Hautacam. Y este año, además, tenemos otro protagonista inesperado en Bruno Armirail, que esperemos que acabe de la misma forma. (Spoiler: mientras escribo, el héroe esperado ha claudicado y Tadej Pogacar ha reventado la carrera otra vez).
Vamos a hablar de una batalla sucedida en un puerto que impone respeto: Hautacam. No es el puerto que más veces se ha subido en el Tour, pero siempre ha sido un espectáculo. En las seis ocasiones en que ha sido final de etapa, en todas puedo decir que han pasado cosas muy reseñables. Se estrenó en 1994 en una etapa que salía de Cahors, una de las ciudades que más me he arrepentido de visitar en mi vida: con todo lo bonito que tiene alrededor, es una ciudad nada recomendable para hacer turismo. Id a Rocamadour, Conques, Saint-Cirq-Lapopie… y a todas las demás bellezas de sus alrededores 🙂
Después de este alegato pro Valle del Lot, decir que el palmarés lo inauguró Luc Leblanc y, aunque no lo recuerdo nítidamente debido a mis 9 años, he revisitado esa etapa y fue impresionante, con un Indurain imperial persiguiendo a un jovencísimo Marco Pantani, herido en el orgullo por las permanentes osadías del italiano. Al final llegó con Leblanc y no me atrevo a decir si le dejó ganar… o no.
Luego hemos tenido la subida de Bjarne Riis en plato, destrozando a Miguel Indurain; a Vincenzo Nibali dando una demostración antológica arrancando desde abajo para sentenciar su único Tour; y la última, con esa subida memorable de Wout Van Aert para rematar el trabajo de un Jonas Vingegaard que reventaba al que parecía destinado a dominar el ciclismo: Tadej Pogacar. He dejado para el final otra jornada reseñable, pero por nada deportivo: la del Saunier Duval-Scott, que hizo un doblete Piepoli–Cobo, anulado después por la sanción al primero y también a su compañero Riccardo Riccò (da para un serial). Finalmente ganó Cobo, aunque… digamos que se la dieron a Cobo.
Como hemos visto, todas las subidas a Hautacam han sido épicas. Y es que es un puerto traicionero: me habían avisado cuando fui a subirlo de que era mucho más duro de lo que parece, pero al mirar su altimetría no lo parece tanto. Es corto (menos de 15 km), la pendiente media es del 7,5 % y el coeficiente APM no pasa de 290… cuando sus vecinos Tourmalet, Larrau o Portet lo superan ampliamente. Pero es muy engañoso: tiene descansos que hacen que los porcentajes medios no reflejen la realidad, y hay kilómetros mucho más duros de lo que marcan los números. Como he dicho, un puerto traicionero… y, para mí, el más feo de los Pirineos junto al Tourmalet hasta La Mongie.
Corría el año 2000, cuando mis dos ídolos iban al Tour a destronar al “milagro médico” Lance Armstrong. Era la primera etapa de montaña de aquella edición, y toda mi atención estaba puesta en el momento en que Ullrich o Pantani iban a reventar al chulito tejano. No era consciente de los años que me esperaban por la elección de referentes que hice en mi adolescencia. Esa primera etapa acumulaba 5.200 metros de desnivel y terminaba, como hemos dicho, en Hautacam. Era un día de perros, y se marcharon por delante tres valientes: el inefable Jacky Durand, que duraría poco (pero, como siempre, a favor del show), Nico Mattan y el que sería el héroe de ese día: el joven Javi Otxoa.
En principio, su trabajo era estar junto a sus ídolos, pero ese día se encontró subiendo el Marie-Blanque junto a Mattan, al que dejó atrás en el Aubisque para encaminarse, por el mágico Circo de Litor, al repecho del Soulor, último escollo antes del temible Hautacam.

Corredor en su 3.º año como profesional, militaba en el Kelme, habiéndose reencontrado allí con su hermano gemelo Ricardo, procedente de la O.N.C.E. Ambos formados en la S.C. Punta Galea, así que, para acercarnos un poco a sus inicios, hemos preguntado a Iván Gorriño, compañero de los Otxoa hasta juniors. Nos cuenta que Javi empezó en 1987, en infantiles de segundo año, que era algo introvertido, y que ya en los primeros días en el velódromo de Fadura (época en la que aún había velódromos en Bizkaia) se veía el nivel: doblaba a todos sus compañeros. Una vez empezadas las carreras, ganó un montón ese mismo año. Tuvo que pasar un año para que Ricardo empezase a correr.
Ricardo era más extrovertido que su hermano y con menos interés por la parte material de la bici. Javi, en cambio, era un amante de las bicicletas y del material: podía pasarse horas hablando del tema. Para constatar esa pasión por lo mecánico, dos anécdotas: en el paso a juniors, no cambió los desarrollos de cadetes (50×16) para ganar cadencia, aunque al final tuvo que claudicar y pasar al 52×14 habitual; y ya en sub-23, cuando las cosas se pusieron serias, se montó una bici de acero con racores de titanio. Me encantaría ver una foto de esa bici: según me dijeron, ganó el Circuito Montañés con ella.
Volviendo a su etapa formativa: tanto Javi como Ricardo destacaron muy pronto. En cadetes dominaban la categoría y ganaban muchísimas carreras. Aunque el salto a junior les costó más, Javi ganó ya en su primer año el campeonato de Bizkaia de crono, batiendo a corredores como David Etxebarria o David Seco. En su segundo año ya dominó la categoría, con muchas victorias en Euskadi y proclamándose campeón de España, mientras Ricardo era subcampeón de ciclocross, por detrás de Unai Yus. En sub-23 siguieron más o menos igual, con victorias en el Euskaldun, campeonatos de España y el Circuito Montañés.
Como vemos, no era el bagaje de cualquiera: había un ciclista de mucho nivel en esa solitaria escapada bajo la lluvia. Ese ciclista se presentó en Argelès-Gazost con más de cinco minutos sobre el pelotón. En la tele se debatía si sería suficiente. Detrás venían nada menos que Marco Pantani, a quien todos soñábamos con ver levantar el vuelo; Jan Ullrich, un talento pocas veces tan malgastado; y, sobre todo, Lance Armstrong, ganador el año anterior, que desde abajo impuso un ritmo demoledor con su exagerada cadencia para dejar claro quién mandaba.
Yo estaba sumido en mi depresión: el americano fanfarrón estaba masacrando a mis dos ídolos. Pero, a la vez, veía a Javi Otxoa pelear bajo la lluvia, llegar a lo alto de Tramassel y levantar los brazos. Caían los minutos bajo el frenético ritmo del nuevo héroe americano, pero resistió, resistió para firmar una gesta preciosa que muchos hemos mantenido en nuestra retina para siempre.
Luego la historia fue dura para ambos. Para Lance Armstrong, porque su arrogancia lo convirtió en el chivo expiatorio de una generación muy oscura del ciclismo. Para Javi Otxoa, muchísimo más cruel y dolorosa: un coche acabó con la vida de su hermano y le dejó a él malherido. Pero quedémonos con lo bonito: con su gesta. Aquel fue el ciclismo que nos tocó vivir, y Armstrong, Otxoa y tantos otros nos hicieron disfrutar de aquel lluvioso y lejano día de julio del 2000.

Loco de esto de las bicis desde los 5 años. Pantani, Ullrich, Euskaltel y Van der Poel me guiaron en mi camino… Amante de todo lo que tiene que ver con el offroad, ya sea pavés, CX o MTB. Cuando me propusieron colaborar con Sergio y Jorge en LePuncheur y cumplir mi sueño de escribir sobre ciclismo, no lo pensé, ¡no dejaría pasar esta oportunidad! Adicionalmente, también soy un paquete más compitiendo en Mountain Bike.