Tenia unos cuantas ideas sobre lo que escribir después de mi fractura de cubito. Pero todas esas ideas han quedado aplazadas, debido a la actualidad. Así que vamos con la actualidad.
Hay amores que sabes que son irracionales. Amores que sabes que te hacen daño, pero que aun así no puedes evitar querer. Sínkope decía aquello de que, si el amor me va a doler, dejo el corazón en casa. Yo no estoy de acuerdo. Creo que la vida va precisamente de emocionarse, de disfrutar y, por qué no, también de sufrir. Por eso nunca seré del Real Madrid, por eso me fastidia que gane siempre Pogačar y, sobre todo, por eso soy de Mikel Landa.
Se me puede pedir objetividad, ser ecuánime, imparcial y todos esos sinónimos que seguramente utilizaría Javier Ares con mucha más elegancia que yo. Pero no puedo serlo. Porque cuando hablamos de Mikel Landa no hablamos de objetividad. Hablamos de pasión. Hablamos de aquel ciclista que desafiaba la jerarquía establecida, del verso libre, del indomable. Pero hablamos también, y quizá sobre todo, del corredor que ha tenido que convivir durante toda su carrera con una capacidad casi sobrenatural para encontrarse con la mala suerte y que, pese a todo, siempre ha estado ahí.
El ciclismo ha cambiado mucho en los últimos años. Han aparecido nuevos actores que han llevado este deporte a otro nivel, corredores capaces de hacer cosas que hace no tanto parecían imposibles. Y quizá ese espíritu indomable de Mikel Landa se haya visto algo doblegado por esas nuevas apariciones. Pero siempre ha estado ahí. Como también le ha pasado a Enric Mas, otro de esos corredores que han vivido una época complicada para cualquiera que no se apellide Pogačar, Vingegaard o Evenepoel. Pero este artículo no va de clasificaciones, ni de palmarés, ni de quién ha sido mejor o peor. Va de emociones. Y en eso Mikel Landa ha sido único.
Al principio de esta Vuelta hablé con Mikel varias veces y me confesaba que no era su Vuelta. Que iba con dolores, sin confianza y con muchas dudas. Ni siquiera sabía si su cadera iba a aguantar las tres semanas. En Andorra, después de llegar a meta en una de las etapas más duras de la carrera, le dije que tampoco había ido tan mal. Me sonrió y me dijo que no, no había ido nada mal. Pero creo que seguía sin verlo demasiado claro. Y quizá ahí estaba otra vez ese Mikel que tantas veces hemos visto: el que sabe perfectamente dónde está, el que no vende humo y el que no necesita inventarse una realidad diferente para justificar su situación.
Porque Mikel Landa siempre ha sido transparente. Cuando estaba en Sky dejó claro que no le dejaban atacar. Cuando estuvo en Movistar explicó que no era el líder único. Y durante esta Vuelta dijo desde el principio que no estaba bien. Es natural, directo y nunca se esconde. Puede gustarte más o menos lo que dice, puedes estar de acuerdo o no con sus decisiones, pero pocas veces tienes la sensación de que Mikel este diciendo algo falso por ser políticamente correcto.
Y hoy lo ha conseguido. Ha ganado. Pero, de nuevo, Mikel ha hecho de una victoria algo mucho más grande que una simple victoria. Porque esta victoria es de mucha gente. De todos aquellos que durante años han esperado que llegase un día así. De quienes han sufrido con él cada caída, cada oportunidad perdida, cada carrera en la que parecía que por fin iba a llegar ese momento y algo terminaba torciéndose. De quienes le han defendido y nunca dejaron de creer, e hicimos del Landismo una forma de vivir el ciclismo.

Y después de la victoria llegaron esas declaraciones con Laura Meseguer. Mikel rompiéndose a llorar con ella, completamente emocionado. Que por cierto, uno vuelve a pensar si algún día se hará justicia con lo grande que es Laura Meseguer como periodista, capaz de sacar del corredor esa parte que quizá no vemos durante la carrera. Porque en esas imágenes estaba otra vez Mikel Landa. No el Mikel de los vatios, las clasificaciones o las estadísticas. El Mikel de los sentimientos. Y no es la primera que Laura saca esta parte de los ciclistas.
Y quizá ahí esté la explicación de por qué un corredor como él puede generar tanto cariño. En un ciclismo cada vez más medido, más calculado y más controlado, Landa siempre ha tenido algo de aquel ciclismo que nos enganchó cuando éramos pequeños. El de los corredores que te hacen levantarte del sofá aunque no sepas si el ataque tiene sentido. El que te hace enfadarte, gritar, sufrir y, algunas veces, llorar. El que consigue que una victoria sea mucho más que una victoria.
Por eso no puedo ser objetivo con Mikel Landa. Ni quiero serlo. Porque el ciclismo también va de elegir a alguien, de querer que gane aunque no sea el favorito, de sufrir cuando las cosas salen mal y disfrutar el doble cuando, por una vez, salen bien. Va de emociones. Y hoy Mikel Landa nos ha vuelto a recordar por qué amamos este deporte.
No por las estadísticas. No por los vatios. No por los rankings.
Por las emociones.
Ahora nos toca algo especial, la vuelta de Mikel a su casa, al Euskaltel-Euskadi. Un equipo diferente, un equipo que en su peor epoca Mikel Landa presidió dandole aire cuando no encontraba ese aire. Y Mikel espera encontrar en sus raíces la sonrisa que perdió este aciago año, pero que la etapa mas dura de la vuelta le devolvió. Y yo espero que mi hijo no sea la última vez que me diga:
– Ha ganado Mikel
Mikel, beti zurekin!!

Loco de esto de las bicis desde los 5 años. Pantani, Ullrich, Euskaltel y Van der Poel me guiaron en mi camino… Amante de todo lo que tiene que ver con el offroad, ya sea pavés, CX o MTB. Cuando me propusieron colaborar con Sergio y Jorge en LePuncheur y cumplir mi sueño de escribir sobre ciclismo, no lo pensé, ¡no dejaría pasar esta oportunidad! Adicionalmente, también soy un paquete más compitiendo en Mountain Bike.