Joaquim Agostinho, El Matusalén portugués (Parte I)

Hablar de Lisboa, capital que recientemente ha acogido el inicio de la  Vuelta a España, y ciclismo, es hablar del Sporting de Lisboa, actualmente denominado Sporting de Portugal. Según la web del propio Sporting, la sección de ciclismo surge en 1911. Ya al año siguiente su ciclista  Laranjeira Guerra vence en la Porto-Lisboa. Habría que esperar hasta 1932 para que Alfredo Trindade consiguiese que un ciclista de ese club se anotase la Volta a Portugal: “La Grandíssima”. Durante aquella época, Trindade mantuvo una rivalidad deportiva muy notoria con el corredor del Benfica José María Nicolau. Ya en 1940, el club verdiblanco repite victoria en la Grandíssima con Jose Albuquerque. En la actualidad, el equipo lisboeta se encuentra vinculado al Tavira.

Pero hablar del Sporting, es hablar de Joaquim Agostinho. Con él, la memoria duda. Jacques Anquetil recordaba habérselo encontrado en la carretera. Cómo no, también Cyrille Guimard, Raymond Poulidor y Bernard Thévenet. Vivió en primera línea la gran epopeya «merckxista». No se desanimó. Continuó dando pedales incluso cuando el Caníbal abandonó su carrera deportiva. Padeció el reinado del Tejón e incluso los comienzos de otro más efímero, el de Laurent Fignon. Quizá por todo ello se le apodase como el “Matusalén”. O también, quizás, la razón de este apodo se basara en que el propio Agostinho afirmaba no saber muy bien en qué fecha había nacido: “Todos los documentos oficiales se perdieron en un incendio cuando todavía era un crío”, aducía. O porque aquella su tez morena, curtida en la obra, en el campo e incluso en la guerra, hacían difícil precisar su edad.

El inicio tardío de su carrera como ciclista determinó su vida deportiva. También su muerte. La técnica del ciclismo, el manejo de la bicicleta, se adquiere en las categorías inferiores, de niño. Agostinho se saltó este proceso de aprendizaje. Y bien que lo pagó. Sufrió muchas y graves caídas a lo largo de su vida. De hecho, incluso el propio corredor tenía asumida esta grave carencia: “No me gusta correr en el pelotón. No soy un corredor suficientemente hábil”. Sufría en los descensos de los puertos e incluso acostumbraba a portar un casco de protección en su cabeza. El resto de compañeros también eran conscientes de ello. Cuando Agostinho corría en el pelotón, los otros casi luchaban para no estar a su lado. Allí, junto a él, el peligro de caerse aumentaba en probabilidades. 

El 30 de abril de 1984, en una Vuelta al Algarve, la etapa se va a dilucidar al sprint. Casualmente, en esa etapa, Agostinho no se ha puesto el casco. Un maldito perro se cruza inoportunamente cuando el sprint ya está lanzado. Agostinho, una vez más, no es capaz de controlar su vieja bicicleta y se va al suelo. Con un fuerte traumatismo craneoencefálico, es ingresado en un hospital, donde fallece una decena de días más tarde.

Agostinho llegó a este mundo en abril de 1942. Nació a 60 kilómetros de Lisboa, en la localidad de Silveira Torres Vedras. Este lugar de nacimiento también condicionaría su relación con el ciclismo, como posteriormente veremos.

Como a buena parte de los jóvenes portugueses de su generación, a Joaquim Agostinho le tocó ir a la guerra. El otrora imperio colonial portugués estaba ya próximo a su fin. Se trataba de sofocar la rebelión independentista en Mozambique, y ahí que los políticos-militares portugueses de entonces, encabezados por António de Oliveira Salazar, enviaron a buena parte de la juventud de su país. Allí, en la selva, Joaquim luchó durante dos años contra los rebeldes; los “bandidos” que llamaba él. Las enfermedades típicas de la selva estuvieron varias veces a punto de acabar con Agostinho. También el ataque y la explosión de un camión en el que viajaba.

De ese percance Joaquim acabó con trozos de metralla en su cara, que contribuyeron más a ajar su rostro y darle aquél aspecto de Matusalén. En la selva se quedaron, muertos, una decena de sus mejores amigos. Joaquim, por lo menos, pudo regresar con vida a su casa en junio de 1967, cuando todo aquel infierno concluyó. Sin embargo, padeció pesadillas ligadas a aquella guerra durante los diecisiete años restantes de su vida.

Perdidos parte de los mejores años de su vida, con 25 años ya, de vuelta a casa, Joaquim Agostinho no sabía muy bien qué hacer. Prosiguió trabajando en el campo, pero como algo meramente provisional.

Agostinho tenía cierta afición al ciclismo. Pero nunca había competido ni se lo había tomado como nada serio, carreras militares aparte, en las que a duras penas mantenía el equilibrio sobre la montura. Al lado de su casa en Torres Vedras, se hallaba un repecho. Varias carreras buscaban aquella cuesta en sus recorridos. Cuando pasaba una carrera, con una bicicleta que ni tan siquiera era de competición, Joaquim acostumbraba a subir esa rampa algunos minutos antes que el pelotón. Facultades poseía. Porque una de esas veces, ni el propio campeón luso Joao Roque fue capaz de alcanzarlo. Fue el momento decisivo para que Agostinho se sacara licencia amateur con el club Sporting de Lisboa, el club de sus amores… futbolísticos.

No tenía especiales ambiciones ni esperanzas Joaquim Agostinho en su futuro como ciclista. Así que, otra vez, como tantos compatriotas suyos, cruzó clandestinamente las fronteras y apareció en Francia para intentar buscarse la vida como albañil. Pronto se capiscó que ese tampoco era futuro para él. Decidió probar más en serio en el ciclismo. Debutó en Francia en una carrera para amateurs. En esa competencia, los franceses no pudieron con el portugués, que ganó con algunos minutos de diferencia. Un auténtico desconocido, que ni siquiera tenía del todo claro si quería ser corredor ciclista, daba la campanada. Se iniciaba así una trayectoria inigualable, que podréis continuar leyendo en próximos capítulos en Le Puncheur.

CONTINUARÁ…

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