Impresiones sobre el Tour de Mathieu Van der Poel

La importancia del Tour

Cuando Mathieu van der Poel corre, el mundo del ciclismo se detiene y observa ante sus ojos la figura de un ciclista legendario que compite allá donde va y que no suele dejar ni las migajas al resto. Al menos, así suele ocurrir en todas las carreras del calendario en las que participa, excepto en una: la más importante de todas, la que más repercusión tiene a nivel de audiencia e interés del aficionado medio y, por tanto, la que más dinero genera para organizadores, equipos, patrocinadores y corredores: el Tour de France.

Y ya solo por todo esto que menciono, la gran vuelta francesa es una carrera que no debe tomarse a la ligera. Aquí no se puede venir a calentar piernas si eres una de las grandes estrellas del pelotón. Y, vale, sí, quizá exista el matiz de que el Tour es, sobre todo, una prueba importante primero para aquellos que luchan por la general, como los escaladores puros, y segundo para los mejores sprinters del mundo, que miden sus fuerzas en las cada vez menos frecuentes etapas llanas.

Pero, aun con todo eso, no hay excusa. Una carrera de tres semanas da para mucho, y los clasicómanos o rodadores también tienen sus jornadas para brillar y dejarse ver. Precisamente por eso se ha criticado tanto a Van der Poel en los últimos años. Y es que el ciclista neerlandés de Alpecin ha estado haciendo labores de gregario (para Philipsen) y poco más, como si no quisiera dar ni una pedalada de más. Y claro, viniendo de alguien como Van der Poel, choca bastante, porque uno sabe perfectamente que tiene las cualidades idóneas para ser actor principal durante las tres semanas de la carrera y mojar en alguna etapa.

Los legados se forjan no solo con victorias, sino también con recuerdos imborrables.

Van der Poel ha ganado, a sus 30 años: 1 Mundial en ruta, 3 Ronde van Vlaanderen, 3 Paris-Roubaix, 2 Milano-Sanremo, 1 Amstel Gold Race, 1 Strade Bianche, 2 E3 Saxo Classic, 2 Dwars door Vlaanderen, 1 etapa del Giro d’Italia, y, hasta este año, 1 etapa en el Tour de France (hay que sumarle una más tras la edición 2025). Viendo su palmarés, se hace difícil criticar algo o ponerle un pero. Pero se le pone, porque hasta esta temporada no habíamos visto al mejor Van der Poel en las carreteras francesas.

Y eso es imperdonable, porque la carrera francesa, como he dicho más arriba, es la carrera donde todos quieren ganar, todos quieren su portada, su minuto de gloria. Los mejores del mundo están aquí, y las etapas del Tour, a diferencia de las otras dos grandes vueltas, valen, muchas veces, toda una vida de esfuerzo y dedicación a este deporte.

2025 ha sido el año en que, por fin, Van der Poel ha honrado esta carrera. Y ojo, que no ha sido ni mucho menos solo por la etapa que ganó en la 2.ª jornada en Boulogne-sur-Mer, que sí, que está muy bien, pero lo que de verdad ha gustado entre los aficionados es su actitud, la manera en que este año se ha tomado en serio la prueba francesa.

Ganador del premio a la combatividad en la 1.ª semana, hay que sumarle un 2.º puesto en Rouen, un 8.º en Vire Normandie y el hecho de meterse en fugas en las que muchas veces ni tan siquiera era el máximo favorito. Van der Poel ha acaparado minutos de televisión jamás antes vistos en él a estas alturas de temporada. En el mes de julio, el nombre de Van der Poel se ha buscado más que nunca en páginas como ProCyclingStats, y en redes sociales como X ha generado millones de interacciones a lo largo de dos semanas.

Y, por encima de todo, su fuga con Rickaert en la 9.ª etapa será uno de esos días que se recordarán para siempre: atacando desde la salida en una etapa llana de 174 km sin mucha historia, y siendo cazados a falta de 6 km (Rickaert) y 700 m (Van der Poel). Una de esas exhibiciones que no necesitan del premio final de la victoria para ser ovacionadas y comentadas en cualquier debate postcarrera. Y es que, en aquel domingo caluroso de julio, se habló más de lo que intentaron hacer los dos ciclistas de Alpecin que del ganador final de la etapa (al que, por supuesto, yo ni voy a mencionar).

Todo ello nos demuestra, una vez más, dos cosas: la primera, que no se necesita absolutamente nada más que ganas y actitud para hacer de una etapa llana un día vibrante y emocionante, o al menos tener un sueño y convertirlo en un reto personal, como el que tenía Rickaert: subir al podio de París alguna vez en su carrera (lo acabó logrando ese día, ganando el premio de la combatividad). Y, segundo, que los legados se forjan no solo con victorias, sino también con recuerdos imborrables. Van der Poel quiso ayudar ese día a su compañero de equipo a cumplir su sueño, y lo logró. Y, pese a que no se llevó la etapa, todos lo supimos ver y valorar mucho más.


Triunfos secundarios

No podemos ni debemos pasar por alto que Van der Poel volvió a vestir el maillot amarillo de líder en este Tour de France, al igual que en 2021, donde también se llevó una victoria de etapa. Lo vistió un total de cuatro días (etapas 3, 4, 5 y 7); de hecho, fue el corredor que más veces se puso el maillot de líder si quitamos a Pogacar de la ecuación, y uno de los cuatro corredores que pudo hacerlo en esta edición (Philipsen lo vistió en la etapa 2 tras ganar el primer día, y Healy lo llevó en las etapas 11 y 12).

Este logro no saldrá en el palmarés, pero es otro de esos triunfos secundarios que quedan en el recuerdo del aficionado y que tanto persiguen los corredores cuando disputan una gran vuelta. Y es que, al ciclista de perfil clasicómano o rodador, que no puede luchar por la general ni por los puntos de los sprints, le queda esto: buscar el maillot de líder, filtrarse en fugas, intentar ganar alguna etapa y, sobre todo, dejarse ver y aparecer en cada una de las jornadas en las que sea posible destacar.

Y Mathieu van der Poel lo ha hecho absolutamente todo. Así que, gracias por este Tour. Por fin, después de tres años, podemos decir que la Mamba de Kapellen ha hablado francés en el mes de julio.

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