UCI a la deriva: la burocracia que amenaza al ciclismo que amamos

UCI a la deriva: la burocracia que amenaza al ciclismo que amamos

La Unión Ciclista Internacional nació en 1900, en un París todavía envuelto en humo de cafés y entusiasmo por la modernidad. Un puñado de federaciones (Bélgica, Estados Unidos, Francia, Italia y Suiza) decidió crearla para ordenar un deporte que se desbordaba, para poner reglas allí donde había desafíos personales y carreteras sin asfaltar, para fijar un árbitro en un juego que hasta entonces era pura intuición. Durante más de un siglo, esa institución se vistió de guardiana del ciclismo, expandiendo su radio de acción, legitimando nuevas disciplinas y proyectando al mundo la idea de que había un centro neurálgico capaz de mantener a raya las tensiones entre tradición y progreso.

Pero ese mismo germen fundacional, ese instinto de control, ese convencimiento de ser el último árbitro, ha terminado por convertirse en un peso muerto. La UCI ha pasado de ser brújula a convertirse en un laberinto de reglamentos, comités y decisiones que se acumulan sin orden aparente. El discurso oficial habla de seguridad, igualdad y modernidad; la realidad, versa sobre normas desconectadas del pelotón, calendarios que cambian sin lógica, y reglamentaciones que parecen hechas para contentar a fabricantes, políticos y patrocinadores antes que a ciclistas y equipos. La anchura mínima de los manillares, la inflación de puntos y rankings cruzados, las invitaciones obligatorias: cada medida, por sí sola, podría parecer menor; en conjunto, dibujan la silueta de una organización más pendiente de legislar por legislar que de entender el deporte que regula.

No es que el ciclismo no necesite reglas, claro que las necesita, sino que las necesita con sentido, con una mirada larga, con un hilo conductor que inspire confianza y no resignación. Hoy, en cambio, la UCI se parece más a una fábrica de circulares que a un órgano rector. En lugar de liderar la evolución del ciclismo, la sigue con pasos erráticos, cambiando normas sin dar explicaciones, modificando calendarios sin consultar, inventando rankings híbridos sin rumbo estratégico. Y mientras tanto, equipos, ciclistas y aficionados ven cómo su deporte se llena de restricciones y burocracia mientras las grandes preguntas (infraestructura, seguridad real, sostenibilidad…) siguen sin respuestas claras.

Esa es la paradoja que recorre la historia de la UCI y que ahora la sitúa en el centro de las críticas: nació para ordenar el caos y un siglo después parece producirlo. Donde antes había autoridad moral, ahora hay sospecha; donde antes había dirección, ahora hay ruido. Y en ese ruido se pierde, poco a poco, la esencia de un deporte que fue grande porque supo ser salvaje, creativo y humano antes que reglamentado hasta la extenuación.

UCI a la deriva: la burocracia que amenaza al ciclismo que amamos
UCI a la deriva: la burocracia que amenaza al ciclismo que amamos | Ciclismo en pista

Y entonces llegaron las últimas decisiones, anunciadas en comunicados con titulares solemnes sobre seguridad, igualdad y modernización, pero que, vistas con lupa, parecen respuestas improvisadas a problemas mal planteados. La UCI, en su empeño por presentarse como árbitro universal, ha ido acumulando normas que no terminan de encajar con la realidad del ciclismo que dice proteger. Y en esa acumulación se ve con nitidez la grieta entre el discurso y la práctica.

Ahí está, por ejemplo, la decisión de no apartar a Israel de las competiciones internacionales, en contraste flagrante con la exclusión inmediata de Rusia tras la invasión de Ucrania. El gesto, que podría haber sido coherente, se queda en un doble rasero difícil de justificar: la UCI se arroga el papel de juez moral cuando le conviene y lo abandona cuando el escenario geopolítico le incomoda. Este mismo patrón se refleja en los últimos Mundiales de ciclismo celebrados en Ruanda, donde la organización se muestra más preocupada por el espectáculo y la imagen de “internacionalización” que por las realidades del país anfitrión, con problemas mucho más graves que el ciclismo. Ese vaivén no solo mina la credibilidad institucional, sino que expone a la UCI como un actor político más, utilizando el deporte como escaparate, cuando debería ser un árbitro neutral.

Otro caso que análizar es la medida que entrará en vigor a partir de 2027: sumar los puntos obtenidos en otras disciplinas (XCO, ciclocross, pista, gravel…) al ranking de carretera. Presentada como un incentivo a la versatilidad, en realidad amenaza con producir el efecto contrario: los equipos de carretera, con presupuestos descomunales y marketing global, podrán atraer aún más a los astros de otras disciplinas, dejando a los equipos pequeños sin talento y sin escaparate. En lugar de fortalecer la base, concentrará la élite; en vez de diversificar el ecosistema, lo centralizará todavía más alrededor del WorldTour.

La misma lógica se ve en el ciclismo femenino: la reducción de la Vuelta a Suiza masculina a cinco días para igualarse con la femenina no es un triunfo de equidad, sino una renuncia disfrazada de progreso. En vez de elevar la prueba femenina al estándar de exigencia que merecen las mujeres, se recorta su versión para cuadrar calendarios y titulares. Es un espejismo de igualdad construido sobre una pérdida real de espacio competitivo para las ciclistas.

Y la eliminación de la Copa de las Naciones sub-23 para centrar esfuerzos en la categoría junior tampoco tiene por qué ser un juego de suma cero. En un momento en que el paso al profesionalismo es cada vez más precoz y la presión sobre los jóvenes se dispara, borrar esta competición intermedia es quitar un puente necesario. Es, de nuevo, una decisión que parece buscar titulares sobre renovación y “talento joven” mientras se debilita un circuito clave para el desarrollo gradual de los corredores.

UCI a la deriva: la burocracia que amenaza al ciclismo que amamos
UCI a la deriva: la burocracia que amenaza al ciclismo que amamos | Groenewegen en el Tour de Polonia

Y para colmo, el tan cacareado protocolo de condiciones extremas (que a día de hoy parece haberse olvidado) se ha convertido en un cajón de sastre donde todo cabe y nada se decide. En lugar de fijar criterios objetivos, mediciones claras y procesos transparentes, la UCI ha delegado en comités y actores externos la responsabilidad de activar o no el protocolo, entregando poder y argumentos a todas las partes para discutir, presionar y negociar en función de sus intereses. El resultado es un documento ambiguo que no protege realmente al corredor ni da seguridad jurídica a los organizadores, sino que alimenta el ruido, la confusión y la sensación de que la UCI no quiere mojarse las manos con nada. Es, en suma, otro ejemplo de ese liderazgo de cartón piedra: mucho gesto, poca sustancia, y cero voluntad de asumir la carga política de tomar decisiones impopulares pero necesarias.

Todas estas medidas tienen un aire común: dan la impresión de decisiones tomadas desde un despacho lejano, con una visión de corto plazo y más pendiente del gesto que del impacto real. Se habla de diversificar, pero se concentran talentos y presupuestos en la carretera. Se presume de proteger categorías de base, pero se suprimen competiciones de transición. Se reivindica neutralidad, pero se practica la doble moral geopolítica. Es como si la UCI, obsesionada con parecer moderna y global, hubiera perdido de vista la arquitectura íntima del ciclismo, esa que se construye con corredores, equipos, federaciones pequeñas y organizadores locales.

En lugar de una hoja de ruta, tenemos una sucesión de bandazos. Y esos bandazos, más que empujar al ciclismo hacia el futuro, corren el riesgo de erosionar su base y su credibilidad. En vez de liderar, la UCI legisla; en vez de acompañar, interviene; en vez de proteger, experimenta. El resultado es un deporte que, mientras gana en espectáculo televisivo, pierde en coherencia y en justicia competitiva.  

Podríais pensar que me he olvidado de Muriel Furrer. Pero no. No es un descuido, es una decisión. No quiero añadir su nombre aquí porque esta semana vamos a dedicarle el espacio y el tiempo que merece. Porque la vida sigue pesando lo mismo, aunque a veces se nos escape de las manos. Y porque seguimos sin encontrar respuestas a demasiadas preguntas.

UCI a la deriva: la burocracia que amenaza al ciclismo que amamos
UCI a la deriva: la burocracia que amenaza al ciclismo que amamos | Una imagen del pelotón bajo la lluvia

Y al fondo de todo este escenario aparece la figura de David Lappartient, presidente de la UCI desde 2017 y recién reelegido con aplausos de un Congreso que parece vivir en un mundo paralelo. En su discurso oficial habla de “universalidad”, de “modernización”, de “liderazgo global”, pero cada vez resulta más evidente que su ambición va mucho más allá del ciclismo. Sus movimientos, sus redes políticas, su presencia en foros olímpicos y su cercanía al poder internacional no son los pasos de un gestor deportivo, sino los de un político en campaña permanente, con la mirada puesta en ese trono dorado del COI que tantos sueñan ocupar.

Bajo su mandato, la UCI ha multiplicado comunicados, reformas, normas y reglamentos, pero no ha logrado trazar un rumbo claro para el deporte que dice gobernar. Su presidencia ha sido más un trampolín que un timón: un escaparate para mostrar modernidad y “transformación” mientras el ciclismo se enreda en burocracias, decisiones arbitrarias y doble moral. Lappartient habla de futuro, pero en la práctica sacrifica la esencia del ciclismo para fortalecer su propia imagen internacional. Se proclama guardián del deporte, pero actúa como si el ciclismo fuera apenas un escenario para su proyecto personal.

Es en esa contradicción donde se juega hoy el destino del ciclismo. Porque no es solo la UCI como estructura la que está en cuestión; es su liderazgo, su credibilidad, su capacidad para mirar más allá del corto plazo. El ciclismo merece dirigentes que lo pongan en el centro, no en la periferia de ambiciones olímpicas o geopolíticas. Y merece, sobre todo, instituciones que no olviden por qué fueron creadas: no para alimentar carreras políticas, sino para proteger y engrandecer el deporte que amamos.

Mis palabras caerán en saco roto, estoy seguro, pero mi conciencia, al fin y al cabo, ya está tranquila.

Hola 👋

Regístrate para recibir todo nuestro contenido en tu correo electronico

¡No hacemos spam! Lee nuestra política de privacidad para obtener más información.