Tour de Francia 2027: un paso adelante para el crono y una montaña que promete desgaste

Tour de Francia 2027: un paso adelante para el crono y una montaña que promete desgaste

Hay un dato que sobresale por encima de cualquier puerto o llegada en alto cuando uno empieza a mirar el recorrido del Tour de Francia 2027: los 71 kilómetros de contrarreloj individual. Es la cifra más elevada desde 2012 y, después de tantos años en los que el especialista contra el reloj parecía obligado a conformarse con las migajas, conviene valorarla. Sin exagerar, pero valorarla.

Aún queda mucho por mejorar en la lucha contra el crono, pero avanzamos. Y esa es, probablemente, la mejor lectura que se puede hacer de un recorrido que no pretende reinventar el Tour, pero sí ofrece algunas señales interesantes sobre el tipo de carrera que quiere construir.

La edición de 2027, que arrancará en Edimburgo el 2 de julio y concluirá en París el día 25, acumulará 3.479 kilómetros y 53.450 metros de desnivel positivo. Serán 21 etapas, con siete jornadas llanas, seis de media montaña y seis de montaña, además de dos contrarrelojes individuales. Sobre el papel, una combinación de terrenos suficiente para que la carrera no tenga que depender exclusivamente de las grandes cimas.

La cuestión está en cómo se distribuyen esas oportunidades y en qué medida pueden alterar la manera de correr de los favoritos.

La contrarreloj vuelve a tener peso

Las dos citas contra el reloj son el principal argumento del recorrido. La primera llegará en la séptima etapa, entre Blois y Chambord, con 38 kilómetros. La segunda se disputará en Toulouse, en la decimosexta jornada, sobre 33 kilómetros.

No estamos ante una revolución ni ante aquellas grandes cronos que podían abrir diferencias enormes por sí solas. Pero sí ante una apuesta que devuelve cierto protagonismo a una disciplina que durante demasiado tiempo ha quedado en un segundo plano cuando se diseñaban algunos grandes recorridos.

Y no es una cuestión de enfrentar la montaña con la contrarreloj. El ciclismo por etapas necesita las dos cosas. La montaña selecciona, desgasta y ofrece escenarios para que los mejores escaladores marquen diferencias; el crono obliga a cada corredor a medirse consigo mismo, premia la capacidad de sostener un esfuerzo individual y exige que los aspirantes al amarillo dominen algo más que las grandes pendientes. Aunque ya sepamos que eso ahora es un habitual.

Por eso importa tanto la ubicación de las dos cronos. La primera aparece antes de que llegue el gran bloque alpino, mientras que la segunda se sitúa justo antes de las jornadas decisivas de los Pirineos. No serán dos pruebas aisladas del resto de la carrera: sus resultados pueden condicionar la estrategia de los favoritos y el margen de riesgo que estén dispuestos a asumir después.

Todavía se puede pedir más kilometraje y seguir avanzando en esa dirección. Pero sería injusto despachar los 71 kilómetros como si fueran poca cosa. Después de tantos recorridos inclinados claramente hacia la montaña, esta vez hay un motivo para mirar el crono con optimismo.

Una salida británica con terreno para moverse

Antes de llegar a Francia, el Tour recorrerá Escocia, Inglaterra y Gales. Edimburgo acogerá la salida, Carlisle y Liverpool serán finales de etapa y Cardiff pondrá el broche al primer bloque británico.

Las primeras jornadas deberían ofrecer oportunidades para los velocistas, aunque el terreno ondulado y las cotas pueden dar protagonismo a los corredores explosivos. La lucha por el primer maillot amarillo tendrá, por tanto, algo más que una mera cuestión de velocidad punta.

Ya en Francia, Plumelec aparece como una oportunidad interesante para los puncheurs, con la subida de Cadoudal como referencia, antes de que el recorrido empiece a endurecerse. Y es que el Tour no espera demasiado para dejar claro que la primera semana no será un simple trámite hasta la montaña.

La octava etapa, entre Bourges y Le Creusot, tendrá 224 kilómetros y alrededor de 3.100 metros de desnivel positivo. El Signal d’Uchon, situado en la parte final, puede convertir una jornada que no termina en alto en una oportunidad para romper el guion. Es una de esas etapas que quizá no decidan el Tour, pero sí pueden obligar a más de uno a gastar fuerzas antes de lo previsto.

Los Alpes, primera gran selección

La montaña llegará con fuerza en la novena etapa, con final en el Grand Colombier. Sus 17,4 kilómetros al 7,1 % serán una primera prueba seria para los candidatos al amarillo, pero lo más exigente no será necesariamente esa ascensión, sino lo que viene después.

Annecy-Sallanches, con unos 3.750 metros de desnivel positivo y dos pasos por la Côte de Domancy, ofrecerá un terreno quebrado en el que las diferencias no tendrán por qué limitarse a los últimos kilómetros. Y, al día siguiente, la etapa entre Cluses y Les Saisies elevará todavía más la exigencia: 150 kilómetros y alrededor de 4.750 metros de desnivel positivo, con pasos por la Colombière, la Croix Fry y el Col du Pré antes de la subida final.

 

 

 

Son tres jornadas consecutivas de máxima importancia. Un bloque que puede dejar una primera fotografía bastante fiable de las fuerzas de cada aspirante y, sobre todo, del equipo que tiene detrás.

La duda está en si tanta montaña concentrada provocará una carrera abierta o si, por el contrario, veremos a los favoritos medir cada esfuerzo para evitar pagar la factura al día siguiente. El recorrido ofrece terreno para atacar, pero eso no garantiza que los corredores vayan a aprovecharlo. A veces, la dureza de una etapa invita a moverse; otras, hace que todos tengan demasiado que perder.

Tras los Alpes todavía quedará espacio para que la carrera se agite lejos de las grandes cimas. La etapa entre Montpellier y Mende, con 199 kilómetros y 4.300 metros de desnivel positivo, destaca especialmente. La Lusette y la subida final a la Côte de la Croix Neuve, con rampas exigentes, pueden convertir una jornada de media montaña en algo mucho más serio de lo que su etiqueta sugiere.

Es una etapa que merece atención porque no ofrece el refugio de una larga ascensión final, sino un terreno para desgastar, seleccionar y obligar a tomar decisiones. Y eso, en una carrera de tres semanas, también cuenta.

El Col du Portet y el examen definitivo de los Pirineos

La segunda contrarreloj, en Toulouse, puede marcar el punto de inflexión antes de la montaña final. Sus 33 kilómetros incluyen la Côte de Pech David, una subida corta, pero exigente, que añade dificultad a una prueba que tampoco será completamente plana.

Después llegará el momento de la verdad. La decimoctava etapa, entre Pau y Saint-Lary-Soulan Col du Portet, apunta a ser una de las jornadas clave del Tour. En 174 kilómetros acumulará unos 5.400 metros de desnivel positivo y encadenará el Col du Soulor, el Tourmalet, la Hourquette d’Ancizan y la subida final al Col du Portet, techo de la edición con sus 2.215 metros de altitud.

El Tourmalet y sus 19 kilómetros al 7,4 % ya constituyen un examen de primer nivel. Pero el Col du Portet, con 16 kilómetros al 8,7 %, será el último gran obstáculo para quienes quieran llegar a París vestidos de amarillo. La dureza acumulada puede ser tan importante como las rampas de la ascensión final: a esas alturas, cada ataque se mide también por la capacidad de sostenerlo después de tantos días de competición.

Y el recorrido no termina ahí. La decimonovena etapa, entre Hasparren y Laruns, suma otros 4.300 metros de desnivel positivo en 160 kilómetros, con ascensiones como el Soudet y Marie-Blanque. Es una jornada que quizá tenga menos nombre que la del Col du Portet, pero que puede resultar decisiva si las diferencias siguen siendo pequeñas o si alguno de los favoritos llega tocado del día anterior.

La incógnita será cuánto margen queda para cambiar la general después de esa secuencia. El diseño concentra buena parte de la montaña decisiva en las últimas jornadas, algo que puede favorecer ataques ambiciosos, pero también dar argumentos a quien prefiera defender. El Tour ofrece el escenario; los corredores tendrán que decidir qué hacen con él.

Un Tour interesante, pero no redondo

El recorrido de 2027 tiene argumentos para sostener una carrera atractiva. Hay terreno para los velocistas, oportunidades para los corredores explosivos, etapas quebradas que pueden escapar del control de los equipos y una montaña exigente, con dos bloques muy marcados. Además, los 71 kilómetros de contrarreloj aportan un equilibrio que merece ser celebrado.

Eso no significa que todo esté resuelto. La montaña vuelve a concentrar buena parte de la atención, y todavía queda margen para repartir de otra manera los esfuerzos y dar más protagonismo a la lucha contra el reloj. No hace falta quitar puertos para defender la contrarreloj, del mismo modo que incluir dos buenas cronos no convierte automáticamente un recorrido en perfecto.

El debate, de hecho, no debería reducirse a contar finales en alto o kilómetros de contrarreloj. Un buen Tour es aquel que ofrece alternativas y obliga a los favoritos a correr, no solo a resistir. En ese sentido, la crono antes de los Alpes y la segunda antes de los Pirineos pueden tener un valor que va más allá de los minutos que se ganen o se pierdan: pueden empujar a los escaladores a tomar la iniciativa cuando llegue su terreno.

La última etapa, con el paso por Montmartre antes de los Campos Elíseos, aportará un cierre distinto al habitual, aunque difícilmente cambiará la clasificación general salvo que las diferencias sean mínimas. La carrera, en cualquier caso, tendrá que haberse construido mucho antes.

No vendería el Tour de Francia 2027 como una revolución. Tampoco me parece justo recibirlo con el piloto automático de quienes solo buscan más montaña. Los 71 kilómetros contra el reloj son una buena noticia y un paso en la dirección correcta. Aún queda mucho por mejorar, sí, pero avanzar también consiste en reconocer cuándo se recupera una parte del equilibrio que nunca debimos perder.

Mapa general de las etapas

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