Es común que la crítica hacia algún aspecto de una persona se realice de forma indirecta. Véanse las sátiras o recursos literarios como la hipérbole. Todo esto hace más caricaturescos a los personajes a los que nos referimos, en este caso personas con un cuerpo tan delgado que ofrece muchas posibilidades a la imaginación malvada de los motes, los apodos ciclistas. Como en el colegio. Aquí ya damos por supuesto que la apariencia física es una guerra perdida en todos los casos. El Relojero de Ávila, el Águila de Toledo, Monsieur Chrono, Tarangu, el Jardinerito, el Chava, el Caníbal, el Caimán, el Tiburón, el Pollo, la Pulga de Torrelavega, Bala, el Junco de Bérriz… y así podríamos seguir hasta el infinito.
Es más, los ciclistas a los que no se les conoce mote, pierden ese halo novelesco que les aporta. Vamos, que no tener apodo es mala señal de la condición social de un ciclista. No conocemos ninguno de Abraham Olano, Roberto Heras… Los hay también con más de uno. El caso de Alberto Contador es curioso. El apodo de ‘Pistolero’ le viene por sus balísticas celebraciones.
En círculos más especializados se le llama ‘Pinocho’ y no precisamente por la longitud del miembro facial. Un especialista en jugar con las declaraciones en su interés por las carreras. Algún compañero de generación lleva un mote bastante más despectivo, como el de ‘Garrapata’. El australiano Evans o el americano Leipheimer son buenos exponentes. Curioso el caso del ‘Merluzas’, un Mark Cavendish que ha vuelto a estar de actualidad.
‘Espartaco’ sí suena a mayor solera, aunque el suizo Cancellara duplica el mote con ‘El expreso de Berna’, bastante descriptivo en este caso. Ha sido muy famoso el de Cipollini. ‘Il Bello’ siempre es mejor que el ‘Grillo’, como el recogido Bettini. ‘Ale Jet’ era uno de sus rivales, el también italiano Petacchi. El ‘Diablo’ Chiappucci muestra lo interesantes que son los motes en su país.
Sobre todo para algunos como Pantani, al que además de ‘Pirata’ le llamaban el ‘Elefantino’, mote que compartía con su sucesor Garzelli. También en Italia fue famoso uno de los mejores apodos jamás vistos: el Monje Volador. Un Bartali que combatía a ‘il Campionissimo’ Coppi. Ya sabemos quién pasó a la historia por ser el mejor y quién su rival, ¿no?
Los diminutivos están también a la orden del día. Cecco para los Francescos (Casagrande y Moser) o Beppe para Saronni son buenos ejemplos. O José Vicente transformado en ‘Chente’ (‘Txente’ en su versión vasca). En este caso el currículum importa poco. Como en el colegio, cualquier excusa es buena y aquí se aprovecha cual cerdo hasta la sonoridad del nombre. Incluso los defectos físicos, como pueda ser la escasa visión en determinados contextos de Zulle (en buen equipo como la ONCE) o las chepas de Ocaña u Olano.
En los últimos tiempos, parece que esa costumbre de otorgar un mote, un apodo, ha ido desapareciendo. Los más célebres de hoy son ‘Loulou’ para Alaphilippe, más derivado de la homofonía que del significado. Mismo caso de Pogačar, llamado Pogi. No ha trascendido ninguno relevante para Vingegaard, Van Aert, Van der Poel, Evenepoel, Enric Mas y demás. Extraoficialmente sí, pero en foros más especializados y de forma más personal. Los apodos ciclistas volverán a estar de moda, no cabe duda.
Foto: Sirotti

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