El día que Wout van Aert salió del infierno

El día que Wout van Aert salió del infierno

Hay días en los que uno intenta escribir, pero en realidad lo único que hace es dejarse llevar por lo que todavía siente en el cuerpo, por ese temblor que no termina de irse después de tantas horas mirando una carrera que no da tregua, que no permite desconectar ni un segundo, y que cuando termina no te deja descansar, porque sabes que has visto algo que no se repite muchas veces.

Y esta París-Roubaix ha sido exactamente eso.

Durante buena parte del día dio la sensación de que la carrera no iba a tener dueño, de que el pavés iba a ir eliminando a todos poco a poco, como hace siempre, pero quizá de una manera todavía más cruel, más insistente, con averías en el peor momento, con caídas que no elegían a quién golpear, con bicicletas que dejaban de responder cuando más falta hacía, y con ese ruido constante que acompaña a Roubaix y que te recuerda que aquí no gana solo el más fuerte.

Gana el que sobrevive a todo lo demás.

Tadej Pogačar entendió eso demasiado pronto, obligado a correr contra la carrera mucho antes de lo que le habría gustado, enlazando cambios de bicicleta, remontando grupos sin colaboración, persiguiendo durante kilómetros con la sensación de estar gastando algo que luego iba a necesitar, pero aun así sin renunciar, sin dejar de creer que podía volver a meterse donde debía estar.

Y volvió. Pero lo hizo pagando un precio que Roubaix siempre acaba cobrando.

Mathieu van der Poel, que hasta ese momento había vuelto a convertir la carrera en su terreno, tensando cada sector, empujando a todos al límite como si el caos fuese la única forma posible de entender este deporte, también tuvo que enfrentarse a ese mismo peaje cuando el bosque de Arenberg decidió que ni siquiera él estaba a salvo, primero con un pinchazo, después con problemas que le obligaron a cambiar de bicicleta en una escena casi absurda, perdiendo un tiempo que en Roubaix no se recupera.

Aunque lo intentó. De una forma casi imposible. Pero no llegó.

| Imagen organización Paris-Roubaix Hauts-de-France
El día que Wout van Aert salió del infierno | Imagen organización Paris-Roubaix Hauts-de-France

Y mientras todo eso ocurría, mientras la carrera se rompía en mil pedazos y parecía no responder a ninguna lógica, Wout van Aert seguía ahí, sin necesidad de llamar la atención, sin necesidad de ser el más espectacular, simplemente resistiendo, leyendo, esperando su momento en una carrera que tantas veces le había dado la espalda cuando parecía tenerla en la mano. Esquivando la mala suerte que otras veces se había cebado con él en exceso.

Hasta que decidió que ya era suficiente.

A más de cincuenta kilómetros de meta, en un punto en el que todavía quedaba demasiado como para pensar en el final, pero en el que ya se intuía que todo se iba a decidir entre unos pocos, Van Aert dejó de correr a la defensiva y pasó a escribir la carrera, lanzando un ataque que solo pudo seguir Pogačar, y que terminó por definir un duelo que ya no iba solo de piernas, sino de todo lo que había pasado antes.

Porque desde ese instante, cada sector fue un intento del esloveno por romper algo que ya no se rompía, por soltar a un rival que parecía haber encontrado ese punto de equilibrio entre fuerza y resistencia que Roubaix exige, pero que tan pocas veces concede, y que en su caso siempre había quedado a medio camino.

Esta vez no. El Carrefour de l’Arbre pasó. Y todo quedó reducido a lo esencial. El velódromo. Dos vueltas. Sin escondites.

Y allí, donde tantas veces la historia le había sido esquiva, Van Aert hizo lo que le había faltado en otras ocasiones, resolviendo el esprint con la autoridad de quien no solo está ganando una carrera, sino cerrando algo mucho más grande, dejando atrás años de dudas, de caídas en el momento menos oportuno, de esfuerzos que no encontraban recompensa.

Ganó.

El día que Wout van Aert salió del infierno | Imagen organización Paris-Roubaix Hauts-de-France
El día que Wout van Aert salió del infierno | Imagen organización Paris-Roubaix Hauts-de-France

Y cuando lo hizo, no hubo celebración inmediata, sino algo mucho más honesto, más difícil de fingir, más propio de alguien que acaba de liberarse de un peso que llevaba demasiado tiempo encima, mirando al cielo en un gesto que iba mucho más allá de la victoria, porque en esa imagen cabía también el recuerdo de Michael Goolaerts, de aquella Roubaix que cambió tantas cosas, y que desde entonces siempre ha estado presente de alguna manera.

No era solo ciclismo. Era memoria. Era justicia. Era redención.

Porque esta victoria no trata únicamente de haber batido a Pogačar, que volvió a rozar algo que se le resiste como si esta carrera fuese la única capaz de decirle que no tras haber logrado lo imposible en San Remo, ni de haber sobrevivido al caos que provocó Van der Poel antes de quedar fuera de la pelea real, sino de algo más profundo, más difícil de explicar, que tiene que ver con la sensación de cerrar un ciclo.

Hoy, por fin, Van Aert dejó de perseguir Roubaix. Hoy Roubaix le eligió. Y eso, después de todo lo que había pasado, solo podía ocurrir de una manera. Atravesando el infierno. Y saliendo de él.

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