Quienes entran habitualmente en Le Puncheur saben perfectamente lo que vienen a buscar y seguramente no esperen encontrarse un lunes por la mañana con un artículo que comienza hablando de un Mundial de fútbol y que, antes de terminar, pasará por Michael Jordan, Lionel Messi, Rafa Nadal, Fernando Alonso o Usain Bolt, aunque después de lo que sentí ayer mientras veía a España proclamarse campeona del mundo por segunda vez entendí que, por una vez, necesitaba utilizar este pequeño rincón en el que llevo tantos años escribiendo sobre ciclismo para hablar simplemente de deporte y, sobre todo, para intentar poner palabras a una sensación que llevaba horas dando vueltas en mi cabeza.
Mientras España levantaba por segunda vez una Copa del Mundo que durante buena parte de mi infancia pensé que probablemente nunca vería en nuestras manos, no pude evitar regresar a aquella noche de Johannesburgo en la que Andrés Iniesta cambió para siempre nuestra relación con la selección, aunque esta vez el recuerdo no se detuvo allí, sino que empezó a llevarme hacia otros lugares, otras épocas y otros deportes, hasta que terminé siendo consciente de algo en lo que, pese a haber dedicado buena parte de mi vida a seguir, practicar y contar deporte, nunca me había parado realmente a pensar.
Quizá lo que más me sorprendió fue comprender que todo había sucedido en muy poco tiempo, porque cuando empecé a colocar mentalmente aquellos recuerdos dentro de una misma línea temporal descubrí que en apenas tres décadas había tenido la oportunidad de convivir con una cantidad extraordinaria de deportistas que ya forman parte de la historia y que, mientras todo aquello sucedía delante de nosotros, habíamos ido enlazando una época con la siguiente sin disponer siquiera del tiempo suficiente para comprender la verdadera dimensión de lo que acabábamos de presenciar.
Supongo que cuando uno lleva toda la vida siguiendo deporte termina utilizando los partidos y las carreras como una especie de calendario personal, porque muchas veces me cuesta recordar qué estaba haciendo exactamente en un determinado año hasta que pienso en quién ganó aquel Tour de Francia, qué selección disputó aquella final o en qué circuito Fernando Alonso consiguió aquella victoria. Entonces aparece de repente un lugar, unas personas y una versión diferente de mí mismo que estaba allí cuando todo aquello sucedía, como si una parte de nuestra memoria hubiera decidido organizarse alrededor de acontecimientos deportivos que aparentemente nada tenían que ver con nosotros y que, sin embargo, terminaron formando parte de nuestra propia historia.

El ciclismo ha sido siempre el hilo más fácil de seguir dentro de ese recorrido, porque a través de él puedo medir prácticamente todas las etapas de mi vida y recordar cómo fue cambiando mi manera de entender este deporte mientras yo también iba cambiando, desde aquellos años en los que simplemente esperaba que llegara julio para sentarme delante del Tour de Francia hasta terminar construyendo proyectos y dedicando una parte importante de mi vida a escribir y hablar sobre carreras que, mucho antes de convertirse en trabajo, contenido o análisis, fueron simplemente una de las cosas que más feliz me hacían.
Durante ese camino he tenido la suerte de ver a Alejandro Valverde atravesar generaciones enteras sin dejar nunca de competir entre los mejores hasta conquistar en Innsbruck aquel maillot arcoíris que llevaba persiguiendo durante media vida, mientras Alberto Contador construía una carrera en la que consiguió ganar las tres Grandes Vueltas y nos acostumbraba a esperar un ataque incluso cuando nadie más parecía dispuesto a moverse. No me olvido de Óscar Freire, Carlos Sastre o el ‘Purito’ Rodríguez, entre muchos otros claro.
También llegaron los años de dominio de Chris Froome y la aparición de un Peter Sagan que parecía decidido a demostrar que existía otra manera de correr y de entender el ciclismo, hasta alcanzar un presente en el que Tadej Pogačar está consiguiendo que volvamos a hacernos preguntas que parecían reservadas para los libros de historia y que cada cierto tiempo tengamos que revisar aquello que creíamos posible sobre una bicicleta. Lo extraordinario es pensar que todas esas etapas, que en mi memoria parecen pertenecer a épocas completamente diferentes, han sucedido en un espacio de tiempo relativamente pequeño y que, mientras el ciclismo pasaba de Valverde y Contador a Froome, Sagan y finalmente Pogačar, fuera de nuestras carreteras estaba ocurriendo algo parecido en prácticamente todos los grandes deportes del planeta.
Porque llegué a tiempo para ver los últimos años de Michael Jordan y después crecí mientras Kobe Bryant construía su propia leyenda, antes de que LeBron James apareciera para prolongar durante más de dos décadas una carrera que todavía hoy parece resistirse a encontrar su final. Del mismo modo que tuve la fortuna de vivir prácticamente entera la rivalidad entre Lionel Messi y Cristiano Ronaldo, dos futbolistas que han coincidido durante años en nuestro campeonato y consiguieron convertir lo extraordinario en rutina hasta hacernos olvidar que aquellas cifras y aquellas actuaciones que veíamos cada semana probablemente tardarán muchísimo tiempo en repetirse.

Mientras ellos discutían quién podía llegar más lejos, Roger Federer, Rafa Nadal y Novak Djokovic protagonizaban una rivalidad que terminó convirtiéndose en una carrera compartida hacia la historia y que nosotros tuvimos, además, el privilegio de vivir desde este lado a través de un Nadal que regresaba cada primavera a París para conquistar Roland Garros con una frecuencia tan absurda que terminamos incorporando sus victorias a nuestro calendario como si fueran algo inevitable, olvidándonos de que estábamos contemplando a un deportista ganar catorce veces el mismo Grand Slam mientras competía contra otros dos jugadores que también terminarían siendo considerados entre los mejores de todos los tiempos.
En esas mismas décadas vimos a Usain Bolt conseguir que el planeta entero se detuviera durante menos de diez segundos para verlo correr y a Michael Phelps convertir los Juegos Olímpicos en una competición permanente contra sus propios límites, mientras Tiger Woods trascendía las fronteras del golf y Valentino Rossi hacía algo parecido sobre una moto, hasta que Marc Márquez apareció para prolongar una época extraordinaria para el motociclismo español, que aún continúa.
También vivimos los años de Michael Schumacher y Lewis Hamilton, aunque para muchos de nosotros la Fórmula 1 adquirió una dimensión completamente diferente cuando Fernando Alonso consiguió que millones de personas que apenas sabían distinguir un monoplaza de otro organizaran sus domingos alrededor de una carrera, aprendieran a hablar de neumáticos, repostajes y estrategias y descubrieran que durante un par de horas podía no existir nada más importante que aquello que sucediera después de que se apagaran cinco semáforos rojos.
Cuando ayer empecé a juntar todos esos nombres entendí que la sensación que tenía iba mucho más allá de haber visto competir a grandes deportistas, porque lo realmente difícil de asimilar era que todos ellos habían formado parte de mi vida en un periodo extraordinariamente corto y que, mientras unos empezaban a despedirse, otros ya estaban apareciendo para ocupar un espacio diferente sin que nosotros hubiéramos tenido demasiado tiempo para echar la vista atrás y comprender lo que acabábamos de vivir.
Esa sensación se hizo todavía mayor cuando pensé en todo lo que había sucedido en España durante esos mismos años, porque pertenezco a una generación que creció escuchando que nuestra selección de fútbol nunca pasaba de cuartos de final y que ahora puede decir que ha visto ganar tres Eurocopas y dos Mundiales, mientras una generación irrepetible de jugadores de baloncesto liderada por Pau Gasol se proclamaba campeona del mundo y competía de igual a igual contra Estados Unidos en unos Juegos Olímpicos.
Durante esos mismos años, Carolina Marín salió de Huelva para terminar dominando un deporte históricamente controlado por países asiáticos, Mireia Belmonte alcanzó la gloria olímpica dentro de una piscina y Jon Rahm se puso la chaqueta verde en Augusta, mientras la selección femenina de fútbol se proclamaba campeona del mundo, y Alexia Putellas y Aitana Bonmatí alcanzaban la cima de un deporte que en España estaba experimentando una transformación cuya verdadera dimensión probablemente todavía estamos empezando a comprender.
Y cuando algunos de aquellos deportistas que habían definido mi infancia y mi juventud comenzaron a despedirse y parecía inevitable que llegara el momento en el que empezaría a hablar mucho más de aquello que había visto que de lo que todavía estaba viendo, apareció Carlos Alcaraz para recordarnos que el deporte tiene esa maravillosa capacidad de encontrar siempre una historia nueva cuando todavía estamos intentando despedirnos de la anterior.

Quizá por eso ayer, mientras España levantaba su segunda Copa del Mundo, mi cabeza terminó regresando inevitablemente al pasado y comprendí que muchas de las emociones que había sentido viendo a Iniesta, Nadal, Gasol, Alonso, Messi, Cristiano, Jordan, Kobe, LeBron, Federer, Djokovic, Bolt o Phelps no eran tan diferentes de las que durante toda mi vida me habían llevado a sentarme delante de una televisión para esperar un ataque en una montaña de los Alpes o de los Pirineos, porque al final todos aquellos recuerdos nacían del mismo lugar y tenían que ver con esa capacidad que posee el deporte para conseguir que durante unos minutos o unas horas nada de lo que sucede fuera parezca demasiado importante.
Probablemente esa sea también la razón por la que hoy estoy escribiendo sobre todo esto en Le Puncheur, un lugar que nació para hablar de ciclismo y que mañana seguirá hablando de ciclismo, aunque después de tantos años utilizando estas páginas para intentar explicar lo que sucede encima de una bicicleta sentía que, por una vez, necesitaba aprovecharlas para contar lo que el deporte ha significado para mí y reconocer que hasta ayer nunca había sido realmente consciente de la suerte que había tenido.
Cuando uno vive un acontecimiento extraordinario detrás de otro termina perdiendo inevitablemente la perspectiva y aceptando como normal que cada pocos años aparezca alguien capaz de cambiar su deporte, que tres de los mejores tenistas de todos los tiempos coincidan durante prácticamente toda su carrera o que dos futbolistas capaces de discutir por un lugar entre los más grandes de la historia jueguen durante años uno frente al otro, del mismo modo que quienes amamos el ciclismo podemos acostumbrarnos demasiado rápido a ver a un corredor como Pogačar atacar a cincuenta kilómetros de meta sin detenernos a pensar que quizá algún día echaremos muchísimo de menos aquellas tardes en las que todavía no sabíamos hasta dónde sería capaz de llegar.
No sé si esta ha sido la mejor época de la historia del deporte y tampoco pretendo convencer a nadie de ello, porque quienes vieron a Pelé, Maradona, Eddy Merckx, Muhammad Ali o Miguel Indurain tendrán argumentos suficientes para defender la suya, aunque después de lo que sentí ayer tampoco necesito encontrar una respuesta que sirva para todos, porque me basta con saber que en un espacio de tiempo que ahora me parece increíblemente pequeño he podido convivir con algunos de los mejores deportistas que han existido y he tenido la oportunidad de presenciar momentos que dentro de muchos años otros conocerán únicamente a través de documentales, libros o vídeos antiguos.
Seguramente, si dentro de unas semanas vuelvo a abrir este artículo, pensaré que me dejé demasiados nombres por el camino, porque sería imposible reunir en unas pocas líneas todo lo que ha sucedido durante estas décadas y porque cada persona que lo lea podría añadir un deportista, una carrera o un partido que para ella significó mucho más que cualquiera de los que aparecen aquí, aunque en realidad nunca pretendí construir una lista de los mejores ni ordenar los recuerdos por importancia, sino intentar poner por escrito una sensación que apareció ayer mientras veía a España volver a ser campeona del mundo y que, desde entonces, necesitaba sacar de alguna manera.

Después de tantos años hablando de ciclismo, de tantas tardes de julio, de tantas madrugadas viendo deporte y de tantas horas dedicadas a contar historias de personas que intentan llegar antes que nadie a una línea de meta, ayer comprendí que quizá una parte importante de quien soy se explica precisamente a través de todo aquello que he tenido la suerte de ver, porque he crecido acompañado por una época extraordinaria que sucedía delante de mis ojos mientras yo estaba demasiado ocupado disfrutándola como para ser consciente de su verdadera dimensión.
Por eso, si hoy he decidido hablar de fútbol, baloncesto, tenis, Fórmula 1, atletismo, natación o golf en un lugar en el que casi siempre hablamos de ciclismo, ha sido simplemente porque necesitaba dejar escrito en alguna parte que ayer, mientras España levantaba su segunda Copa del Mundo y yo recorría mentalmente todos esos años, comprendí por primera vez la enorme suerte que había tenido, porque durante una parte relativamente pequeña de mi vida he podido ver cosas que jamás pensé que vería, he compartido época con algunos de los mejores deportistas que han existido y he tenido el privilegio de estar aquí mientras todo aquello sucedía, sabiendo además que, cuando mañana vuelva a encender una carrera y vea a Pogačar levantarse sobre los pedales, todavía quedarán muchas historias por vivir.

Nacido en Valladolid un 19 de Septiembre de 1994, Sergio Yustos Fernández, apasionado de las dos ruedas y triatleta en sus tiempos libres, comenzó su andadura en Zona Matxin allá por 2012. Poco tardo en crear un proyecto como Road & Mud que estuvo dirigiendo entre 2013 y 2018. Después de unos años escribiendo previas y análisis de carrera en sus redes personales, ahora lidera este proyecto. Lo podéis escuchar también en el conocido podcast de El Maillot.