La «jubilación» de Lucho Herrera

Ayer cumplió 65 años uno de los más brillantes escaladores de la historia. El Jardinerito, el que junto a una generación inolvidable de colombianos hizo entrar en pánico al ciclismo europeo de los años 80 cada vez que la carretera miraba al cielo.

Y sí, estamos hablando de Lucho Herrera, primer colombiano en ganar una gran vuelta, con aquella Vuelta de 1987 en la que un forúnculo y el abandono de Sean Kelly se lo pusieron más fácil, pero en la que demostró ser el mejor en las montañas y defenderse contra el reloj.

Es, además, el colombiano —por derecho propio—, el único ciclista en haber ganado la montaña en las tres grandes vueltas (Bahamontes también tiene ese honor, pero el genial escalador toledano consiguió la clasificación del Giro en una edición con dos ganadores por tramos de la carrera), y quizás uno de los ciclistas con los que más hemos identificado muchas generaciones el maillot de topos, el polka dot jersey de líder de la montaña del Tour.

Entre sus grandes momentos, aquella mítica victoria en Alpe d’Huez en 1984. Aquella que tanto dolió a un orgulloso Fignon, que nunca terminó de tener gran relación con Herrera y que achacaba no ganar aquella etapa a que su director, Guimard, le hizo ser conservador en buena parte de la subida.

Tiene entre sus victorias cimas como Tre Cime di Lavaredo, Covadonga (esta, dos veces) o Alpe d’Huez, y formó junto a Fabio Parra una dupla colombiana que, junto a otros grandes ciclistas, puso a Colombia en el centro del planeta ciclismo.

Además, consiguió ganar en dos ocasiones la Dauphiné Libéré.

Pero no todo son victorias y datos al tuntún. Lucho Herrera era escalada, era debilidad en las contrarrelojes… aquellas que Raimond Dietzen decía que imposibilitaban la victoria de Lucho en la Vuelta 87, aquella del Tour 87 en la que perdió tanto tiempo como todo el que se dejó al final en la general con el ganador Stephen Roche.

Pero qué Tour aquel 87: verlo volando por los Pirineos, recortando minutos camino de Pau, surcando colosos como el rompepelotones Burdinkutzeta o Marie Blanque, atacando en su cima “maldita” de Luz Ardiden (segundo en las ediciones de 1985 y 1987, cuando era claramente el más fuerte en ambas) y bajando algo de nivel en los Alpes, pero con grandes actuaciones en la maravillosa crono de Jef Bernard al Ventoux o en la llegada a Alpe d’Huez.

Tampoco convendría olvidar que, en un Tour poco montañoso como el de 1985, ganó dos etapas, cedió otra en Lans-en-Vercors a su compatriota Parra y pactó con Hinault (etapas y montaña por no alborotar mucho la carrera), dejando un momento inolvidable camino de Saint-Étienne, donde caía y, aun así, ganaba la etapa ensangrentado, con Hinault posteriormente cayendo también en los últimos metros y entrando ensangrentado también, en una etapa que pudo haber hecho que Hinault ahora tuviera solo cuatro Tours.

Lucho Herrera nie devant la justice colombienne son implication dans des  meurtres

Sus últimas temporadas, ya en los 90, no fueron tan brillantes, pero le permitieron ganar en Covadonga en la Vuelta del 91 y ser muy protagonista en una de las etapas clave del primer Giro de Miguel Indurain, aquel de 1992, cuando en la llegada al Terminillo, el día que Indurain se deshacía de Chioccioli y desmoralizaba a un Chiapucci que aún resistía… pero era el Jardinerito el que, en los últimos metros, daba su último zarpazo para una carrera inolvidable.

Muchos son los años transcurridos desde que Lucho Herrera surcaba las montañas con su magistral pedaleo, muchos los momentos vividos, pero siempre queda el recuerdo de aquella hornada colombiana que desembarcó en el ciclismo europeo provocando un cambio de tendencia en las cumbres y capitaneados por aquel callado e introvertido muchacho que dejó que sus piernas hablaran y que se ganó, por derecho propio, un hueco en la historia entre los mejores escaladores de siempre.

Hola 👋

Regístrate para recibir todo nuestro contenido en tu correo electronico

¡No hacemos spam! Lee nuestra política de privacidad para obtener más información.