El debate inesperado: Pogacar, Johannessen y una caída

El debate inesperado: Pogacar, Johannessen y una caída

A cuatro kilómetros de la meta, Tadej Pogacar toca la rueda de Tobias H. Johannessen y se va al suelo. Sin más. Un susto, un cambio de bici, y en menos de un minuto vuelve a rodar. No hay heridas aparentes, no hay caos, no hay ninguna interferencia externa. Lo que sí hay, curiosamente, es un gesto. Vingegaard, Healy, Remco y compañía deciden levantar el pie. No del todo, pero lo suficiente como para que Pogacar regrese sin gastar una gota de más. Y ahí, sin que nadie lo diga, sin banderas ni normas que lo indiquen, se establece un pacto. Uno que no se habría firmado igual si el caído hubiera sido otro.

La escapada sigue su camino. La etapa se resuelve por delante, lejos de ese momento. Pero el gesto queda. El pelotón de favoritos, en plena lucha por la general del Tour, decide no aprovechar un error ajeno. ¿Respeto? ¿Deportividad? ¿Prudencia? ¿O favoritismo?

Pogacar agradece el gesto. Se le ve tranquilo, sin forzar el discurso. No lo pide, pero lo acepta. Es el más fuerte, el más vigilado, el más querido por el público. Y eso, aunque nadie lo reconozca abiertamente, pesa. Lo dice sin rodeos José Joaquín Rojas desde el coche del Movistar en una charla con la COPE: “Si se cae Vauquelin o cualquier otro, nadie le hubiese esperado”. No hace falta añadir mucho más.

El ciclismo profesional no necesita dramatizar cada gesto. Pero tampoco puede permitir que el respeto se convierta en privilegio. Porque no todos los ciclistas reciben la misma consideración cuando se van al suelo. Y eso ya no es una cuestión de compañerismo. Es un desequilibrio.

Y en medio de todo esto, Tobias H. Johannessen, el hombre que roza a Pogacar sin querer, pasa a ser objetivo de insultos y amenazas, según comenta el propio corredor en redes. Injustamente. Se disculpa, lo hace en meta y después públicamente. Se le nota sincero. Y aun así, muchos lo han señalado como si hubiera provocado a propósito este momento. Ni lo buscó, ni se benefició. Pero cargó con el coste emocional de una caída que, en otra etapa o con otro nombre en el suelo, no habría pasado de anécdota.

Nadie dice que haya que atacar al rival en el suelo. Pero tampoco tiene sentido levantar el pie cuando no hay motivo real para hacerlo. No hay reglamento que diga que en una caída individual, a 4 kilómetros de meta, se deba frenar la carrera. No lo pidió la organización, no se paró por fuerza mayor. Se frenó por nombre propio.

Y eso es lo que chirría. Porque la verdadera deportividad no es selectiva. Se demuestra en la carrera, en el pulso, en no hacer diferencias. En el Tour, como en cualquier otra competición, el respeto también se mide en cómo corres. No siempre esperar es lo más noble. A veces, lo más justo es no hacerlo.

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