El ciclismo lleva años diciendo que todo es medible. Y lo dice con la seguridad de quien necesita creerlo. Se miden los vatios, el peso, la aerodinámica, la respiración y hasta la manera de beber del bidón. Se mide todo lo que puede convertirse en gráfico. Todo, salvo ese instante incómodo en el que alguien se levanta del sillín, acelera dos segundos más de lo razonable y convierte una carrera perfectamente controlada en algo irreconocible. Eso, hasta ahora, quedaba fuera de la hoja de cálculo.
Según ha podido saber Le Puncheur, la UCI lleva meses trabajando en silencio en lo que internamente ya se denomina Coeficiente Puncheur. No es una norma. No es un reglamento. Ni siquiera una herramienta pública. Es, más bien, el reconocimiento tardío de que hay ciclistas que no ganan porque sean los más fuertes, sino porque saben exactamente cuándo dejar de ser pacientes. Y eso, por molesto que resulte, también es rendimiento.
El Coeficiente Puncheur no intenta explicar una general ni justificar una preparación de tres semanas. Se fija en otra cosa. En qué ocurre cuando un ciclista cambia el ritmo en una rampa corta, cuando ataca donde no estaba escrito y obliga al resto a improvisar. Mide el impacto, no el esfuerzo. El desorden que genera, no la potencia que produce. Una forma elegante de poner número a algo que durante décadas se resolvía con una frase incómoda: este sabe correr.
No es casualidad que las pruebas se hayan realizado en carreras donde el margen de error es mínimo y la épica dura lo justo: Flecha Valona, Lieja, el Mundial. Lugares donde nadie gana por acumulación y donde el talento consiste en llegar primero a una conclusión que los demás aún no han terminado de formular. Allí, el Coeficiente Puncheur empieza a tener sentido. Y empieza también a incomodar.

Porque si el dato se consolida, habrá preguntas difíciles de esquivar. Por qué ciertos corredores siempre están delante cuando pasa algo. Por qué otros, impecables en los entrenamientos y en los números, desaparecen justo cuando la carrera exige una decisión. El CP no responde a todo, pero señala. Y en el ciclismo, señalar suele ser más peligroso que explicar.
La UCI, fiel a su estilo, no confirma ni desmiente. Pero algunos equipos ya trabajan con informes donde el Coeficiente Puncheur aparece como una línea discreta, casi pudorosa, entre tantos otros datos. Como si siempre hubiera estado ahí y nadie se hubiera atrevido a escribirlo. Quizá porque cuantificar el instinto es una forma de admitir que, durante años, hubo cosas que no se supieron leer.
Al final, cuando alguien se levanta del sillín y acelera en el punto exacto, el pelotón no piensa en coeficientes. Pero sí entiende algo muy claro: que alguien ha visto la carrera antes que los demás. Ahora solo falta que el ciclismo decida si quiere ponerle número… o seguir fingiendo que no lo ha notado.
Artículo escrito en el día de los inocentes. Imágenes generadas por IA.

Le Puncheur es un espacio dedicado a los apasionados del ciclismo, donde exploramos historias, análisis y el espíritu competitivo que define a los puncheurs.
Un artículo escrito para (y en el día de) los inocentes.
Aún así quisiera dejar un comentario serio….
Alguien se ha preguntado por qué razón se está midiendo absolutamente todo en el ciclismo ?
Claro que para saber las cosas hay que medirlas pero estoy convencido que la respuesta es: la legitimación del (trabajo del) manager/ performance manager en el mundo anglosajón. La idea es: si todo lo puedes medir el éxito es “casi” como una opción…..Sin performance managers no sabes ni quien eres ni a donde vas y por lo tanto no hay éxito……
Yo quisiera dejar otra fórmula:
Performance managers + pinganillos = robotización del ciclismo moderno..
Feliz año nuevo amigos de Le Puncheur,
Paco Avila