Más allá del Infierno

Domingo 12 de abril de 2026. El día en el que el ‘infierno del norte’ fue un poco menos infierno y se convirtió en el paraíso del ciclismo.

Hay días donde el ciclismo tiene que abrir su libro de historia y escribir un nuevo capítulo. Y ayer fue uno de esos días.

Wout van Aert ganó París-Roubaix 2026. Sí, repite conmigo: Wout van Aert ganó París-Roubaix 2026.

No estás soñando. No es un recuerdo hecho a través de la IA que nos han metido en la consciencia colectiva con un chip de Elon Musk. Que no, que no. Es real. Ha ocurrido.

Comentaba durante la semana previa a la París-Roubaix 2026 que estábamos ante una edición histórica antes incluso de que se disputase; podíamos afirmarlo sin miedo a equivocarnos.

Y es que solo podían pasar 3 cosas:

  • Opción A: Victoria de Tadej Pogačar. Sería histórico por ser el primer ciclista de la historia en ganar los 5 Monumentos de manera consecutiva.
  • Opción B: Victoria de Mathieu van der Poel. Sería histórico por ser el primer ciclista en ganar 4 París-Roubaix seguidas.
  • Opción C: Victoria de cualquier otro corredor. Sería histórico primero por la sorpresa de ganar con Pogačar y Van der Poel en la startlist, y después por la narrativa y el contexto de impedir que los récords mencionados anteriormente se cumpliesen.
visualsofharry /IG

Pero lo que sucedió ayer superó todas las expectativas. Vimos una edición que, para muchos, entra en el top-3 de todos los tiempos.

Por primera vez en muchos años, no hubo fuga. Los intentos fueron numerosos, claro, pero el UAE Team Emirates impuso un ritmo altísimo desde la salida, que impidió cualquier movimiento. Ni falta hace decir que las averías estuvieron presentes durante toda la jornada y que ninguno de los favoritos pudo librarse de ellas.

Cuando llegó la Trouée d’Arenberg, uno de los lugares con más aura ciclista de todo el planeta, en el pelotón ya solo quedaban unos 50-60 gladiadores.

Y entonces llegó el caos: pinchazo de Van der Poel, Jasper Philipsen dejándole su bici, Tibor Del Grosso cambiando una rueda… y la imagen del triple ganador de Roubaix, andando en dirección contraria mientras se le escapaba la carrera.

Delante se hacía una pequeña selección que resultaría definitiva en el desenlace de la carrera: Van Aert, Pogačar, Christophe Laporte, Mads Pedersen, Jasper Stuyven, Laurence Pithie y Stefan Bissegger. De todos ellos, únicamente Pithie (por caída) no haría top-10 en el Velódromo de Roubaix.

Quedaban aún 90 km a meta, pero creo que a muchos se nos vino a la cabeza un pensamiento: es el año de Wout.

Porque lo que le había pasado a Van der Poel en Arenberg era la típica cosa que le habría sucedido a Van Aert cualquier otro año.

Lo que “la vida” tenía preparado para Wout van Aert era la gloria absoluta. Uno de esos momentos que valen por todo el sufrimiento acumulado durante años.

En los siguientes sectores de pavé, vimos también mucha grandeza y orgullo por parte de Mathieu van der Poel, quien salió de Arenberg a dos minutos de la cabeza de carrera y, en apenas 40 km, ya había enlazado con el grupo de Christophe Laporte, Jasper Stuyven, Stefan Bissegger y Laurence Pithie, que para entonces ya había perdido a tres integrantes: por un lado Wout van Aert y Tadej Pogačar, que estaban en cabeza, y por otro lado Mads Pedersen, quien perseguía al dúo completamente en solitario.

“Este es el año de Wout”. La frase seguía retumbando en mi cabeza a medida que las pulsaciones iban en aumento y los sectores de pavé nos acercaban a meta.

teamvisma_leasebike /IG

Es la Roubaix de nuestras vidas, gritaba yo solo desde el sofá de mi casa.

Van Aert y Pogačar por delante, con unos 20-30 segundos de diferencia sobre un grupo en el que ya estaban todos juntos, con Van der Poel tirando y tirando con la fuerza que solo los dioses te pueden otorgar en el ‘infierno del norte’.

El mundo se paró cuando el dúo de cabeza entró al Velódromo de Roubaix. Mi corazón ya no sabía si parar o salir por la boca, pues ya no podía latir más fuerte.

Por un lado teníamos a Pogačar, a punto de ganar el único Monumento que le falta en su palmarés y además cerrar el ciclo de ganar los cinco de manera consecutiva. Por otro lado teníamos a Van Aert, a punto de ganar su primera Roubaix y su primer Monumento de piedras de toda su carrera.

Y entonces… ocurrió lo que yo llamo “justicia divina”. Pogačar arrancó por el interior, pero Van Aert, con más impulso y velocidad, lo hizo por el exterior. Ese movimiento le hizo sacar varios metros al esloveno y, con cierta solvencia, cruzar la línea de meta en primera posición.

Sí, efectivamente: era el año de Wout.

Y en ese momento, el ‘infierno del norte’ nos supo a gloria. Y como si acabáramos de morir, se nos vinieron a la cabeza todas las imágenes de Van Aert sufriendo caídas, percances, averías, mala suerte, lesiones, sufrimiento y más recaídas. Y, de pronto, con el corazón aún a mil, volvimos a la realidad con la imagen de Van der Poel felicitando a Van Aert por su victoria. Fue el primero en hacerlo. No podía ser otro. El rey de Roubaix cediendo la corona. Su eterno rival y archienemigo desde la infancia.

Hay triunfos que justifican toda una carrera deportiva. El de ayer es uno de ellos. Wout van Aert entra al olimpo de los dioses del ciclismo. Podría retirarse mañana mismo y no pasaría absolutamente nada.

“Dejé de creer en muchas ocasiones. Pero a la mañana siguiente, me levantaba y seguía luchando.”

Son palabras de Wout van Aert en la entrevista postcarrera. Pero también son el sentimiento de cualquier persona que ama este deporte.

Me pregunto: ¿cuánta gente habría tirado la toalla tras destrozarse la rodilla en aquella caída en la Vuelta a España? ¿Cuánta gente habría tirado la toalla tras fracturarse el tobillo esta misma temporada en una carrera de ciclocross?

Solo por mencionar dos. Pero son muchas más. Bien lo sabéis vosotros que estáis leyendo esto.

Tengo dudas, pero me atrevo a decir que cualquier narrador y comentarista prefería ayer narrar la victoria de Van Aert que la de Tadej Pogačar, siendo la de este último una que podía trascender más allá del propio deporte. Como la canasta de Michael Jordan en su sexto anillo o el gol de Diego Maradona contra Inglaterra en el Mundial.

teamvisma_leaseabike /IG

Y es que solo hay que ver las narraciones que han ido saliendo a la luz durante el día de hoy en las distintas redes sociales.

Es como si, de pronto, el ser humano hubiera preferido narrar emoción, alegría y justicia divina antes que narrar un hecho único en la historia del deporte.

Así de importante y grande es el triunfo de Van Aert. Así de doloroso ha sido todo el proceso hasta llegar aquí.

Pero ahora, todo cobra sentido. Los dioses, o “la vida”, tenían preparado este guion. Y una París-Roubaix 2026 como la vivida vale por unas cuantas normales. Esquivar a la mala suerte. Ganarla con un Van der Poel en la startlist y persiguiendo completamente endemoniado desde la salida de Arenberg. Ganarla en un sprint en el Velódromo de Roubaix contra Pogačar.

Todo ello hace que esta Roubaix sea, desde ya, uno de los capítulos más importantes en la historia del ciclismo. Una edición inolvidable y legendaria.

Si el infierno post mortem va a ser como el ‘infierno del norte’, guardadme un sitio al lado de Van Aert y su Roubaix 2026. Ya no le temo a la muerte ni al más allá.

Foto de portada: visualsofharry /IG

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