Los últimos minutos de amarillo de Miguel Induráin

11 minutos y 5 segundos. Ese fue el tiempo marcado en la llegada en las que fueron las últimas pedaladas de amarillo de Miguel Induráin. En ese momento nadie lo sabía, tampoco él mismo, en una jornada que, aunque anecdótica, quedará para la historia.

Todo un país centrado ante el sexto capítulo de los veranos con Miguel Induráin, todo un clásico de las vacaciones estivales: ver cómo ese gigante navarro destrozaba a sus rivales en la carretera, cómo dominaba el cronómetro y doblaba a los ciclistas que habían salido antes que él, cómo aguantaba sin inmutarse, o eso parecía, las embestidas de los escaladores en la alta montaña. Después de la eliminación de la selección española en la Eurocopa de Inglaterra, con aquel controvertido partido contra los anfitriones, la España deportiva, y la que no lo era tanto, se ponía delante del televisor aquel 29 de junio de 1996.

Las portadas de los periódicos hablaban del inicio del camino hacia el sexto Tour de Francia, algo insólito en la historia del ciclismo y, además, de forma consecutiva. Pocos dudaban del buen hacer del corredor de Banesto, y se preparaban para otro verano de siestas en amarillo. Nada hacía presagiar lo que pudimos ver tres semanas después, aunque tampoco lo vamos a contar explícitamente en este texto. Fue un duro golpe para el aficionado, y más después de la exhibición que dio el corredor navarro en el Dauphiné Libéré unas semanas antes, un auténtico espectáculo en el gigante Izoard.

La preparación había seguido la misma tónica que de costumbre en los cuatro últimos Tour de Francia, aunque, a toro pasado, se habló de una excesiva carga de entrenamientos que le hizo llegar algo pasado de kilómetros y de un proceso gripal al acabar el Dauphiné.

Aquella etapa prólogo partía de la ciudad neerlandesa de ‘s-Hertogenbosch, conocida igualmente como Den Bosch o Bolduque, en el sur de los Países Bajos. Un recorrido vespertino, con el primer corredor en la rampa a las 16:20, saliendo del Brabanthallen de la ciudad neerlandesa, un espacio multiusos para todo tipo de eventos, y que tuvo en su trazado un invitado que nadie quería: la lluvia y apenas 15 grados de temperatura. Una lluvia y un mal tiempo que se iban a quedar mucho más tiempo en esa Grande Boucle.

No eran excesivas las rectas donde poder acelerar, y las curvas técnicas de aquel circuito urbano, aunque abiertas, hicieron que los corredores de la general apenas corrieran riesgos para ganar pocos segundos; el año anterior, en Saint-Brieuc, fue muy parecido. Fueron 9,4 kilómetros de terreno llano, algo más que un simple prólogo, que, según la normativa de la UCI, no puede exceder de 8 kilómetros.

Chris Boardman, con su habitual rendimiento en estas etapas, se perfilaba como el gran favorito a la victoria y al primer maillot amarillo del Tour 96, y más después de la mala experiencia del año anterior en esa misma etapa. El suizo del conjunto ONCE, Alex Zülle, también se encontraba en la nómina de favoritos a este triunfo, después de llegar en unas condiciones inmejorables tras ganar la Volta a Catalunya, e incluso Tony Rominger o Eugeni Berzin, por citar a los más relevantes.

Por el contrario, Miguel Induráin dejaba en la rueda de prensa su habitual tranquilidad y cautela: «No voy a ir a por el liderato; últimamente no me encuentro bien en estas distancias cortas. Prefiero llevarlo cuando finalice el Tour». Estaba claro que no iba a correr ningún tipo de riesgo. Ya sabía, no obstante, lo que era vencer una etapa prólogo: lo hizo en San Sebastián en 1992 y un año después en Le Puy du Fou.

A las 19:37 bajaba la rampa de salida el último corredor de ese prólogo del Tour de Francia. Induráin salía del pabellón con su archiconocida Espada, para enfilar el circuito urbano de la ciudad neerlandesa. El cielo estaba gris y los paraguas formaban parte del paisaje del recorrido de la carrera, pero, a pesar de ello, el gentío era impresionante.

Mientras Induráin se encontraba en el transcurso de la etapa, Alex Zülle batía el tiempo en meta de Boardman para proclamarse posteriormente vencedor y nuevo maillot amarillo. La dedicatoria de esa victoria fue muy especial, ya que unos días antes había fallecido Mariano Rojas, compañero en la ONCE y una de las grandes promesas del ciclismo español. Además, tanto el suizo como Jalabert tuvieron problemas para poder sacar sus bicicletas, ya que el comité de árbitros aseguraba que tenían demasiado carenado; al final sí lo permitieron.

Solo quedaba Miguel Induráin, ya en sus últimos metros con el maillot que tanto le había dado, aunque eso, evidentemente, no lo sabía entonces. Llegó con un tiempo de 11 minutos y 5 segundos, colocándose séptimo en la clasificación de la etapa.

Toda la prensa española fue unánime: el amarillo era prestado. Se lo estaba dejando a un amigo suizo, o a quien fuera, para luego llevárselo a casa, a Villava, definitivamente. El corredor español, de camino al autobús del equipo Banesto, al que fue directamente desde la línea de llegada, ya que no había ningún podio que le reclamara, declaró a los medios de comunicación: «Solo he ido a tope en las rectas; en las curvas toqué mucho el freno».

Y esos fueron los últimos pasos del gran Miguel Induráin vestido con el maillot amarillo, el que fue su atuendo durante cinco maravillosos veranos.

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