El Giro d’Italia que me voló la cabeza

El Giro d'Italia que me voló la cabeza

Hay momentos en los que uno siente que está exactamente donde debe estar. No por obligación, no por rutina, sino por puro instinto, por necesidad vital. Eso me pasó con este Giro. Y por eso puedo decir, sin exagerar, que esta carrera me voló la cabeza.

No sé si ha sido el mejor Giro de los últimos años. Para mí es una de las mejores ediciones que recuerde.  Pero lo que sé —y eso es todo lo que necesito— es que ha sido mi Giro. El más emocionante que he vivido. Porque lo he visto, lo he sentido, lo he respirado. Desde dentro.

Llegué a la carrera el jueves de la última semana, con ese cosquilleo que te recorre el cuerpo cuando sabes que te estás metiendo en algo grande. Gracias a El Maillot, el podcast oficial en castellano del Giro, una familia para mí a día de hoy y la que debo estar eternamente agradecida. Porque una cosa es seguir la carrera desde casa… y otra, muy distinta, es estar allí, en el meollo, cuando el Rosa está aún en disputa y todo puede pasar.

Y vaya si pasó.

Del Toro era líder. Carapaz parecía el mayor obstáculo entre el mexicano y la historia. Todo apuntaba a un duelo a dos, de esos que se cuecen lento pero explotan en los últimos puertos. Pero el Giro nunca responde al guion. Eso lo aprendí rápido.

Antes de sumergirme en las etapas de alta montaña, hice escala en Milán. Allí no hay calma. Es ruido, tráfico, caos hermoso. Pero también es historia, arquitectura, y ciclistas cruzando la ciudad a mil por hora con mochilas y auriculares. Fue mi primer contacto con el país, y ya notaba algo diferente. Milán me removió. Algo me decía que este viaje iba a ser especial. Y lo fue.

El verdadero Giro, sin embargo, empezó para mí en las montañas.

Tzcore, Col de Joux, Champoluc… nombres que no suenan tanto como Mortirolo o Zoncolan, pero que tienen su propia magia. Aquel día fue un regalo. El verde del Valle de Aosta, el olor a tierra húmeda, las voces de los aficionados que se iban sumando a medida que subías. Allí hablé con decenas de personas que llevaban días siguiendo la carrera. Gente que acampaba, que venía desde muy lejos —de México, de Ecuador, de medio mundo— para ver a los suyos.

Y allí, en mitad de ese paisaje alpino, empezó a gestarse la gran ilusión: Isaac Del Toro podía ganar el Giro. Lo decía la gente, lo decían las sensaciones. Lo decían los que saben. Carapaz era su único rival real. Así lo creímos. Así lo vivimos. Así lo compartimos.

Pero estábamos equivocados.

El gran giro de guion llegó en Sestriere. Esa estación de esquí que huele a historia, a 2005, a epopeyas de otros tiempos. Nosotros llegamos antes de que el pelotón se aproximara al Finestre, intentando alcanzar la cima como tantos otros. Fue imposible. La nieve, el cierre, la seguridad. Pero nos quedamos en el pueblo, y allí entendimos todo.

Sestriere era un hervidero. Gente por todas partes, con banderas, camisetas, tambores, cámaras. El aire era denso. Se respiraba nerviosismo, ilusión, historia. Todos esperaban ver una batalla entre Del Toro y Carapaz. Todos querían el Rosa para los suyos.

Pero no fue así.

A veces el ciclismo decide que no va a darte lo que esperas. Que va a darte algo mejor. Simon Yates apareció de la nada y desmontó la historia redimiéndose en Finestre. Un ataque seco, certero, sin réplica. Y allí, en medio de la gente, rodeado de mexicanos, ecuatorianos, italianos, británicos, franceses y quien sabe cuántas nacionalidades más, nos quedamos todos en silencio.

Y luego gritamos. Porque el silencio se rompe cuando no entiendes lo que estás viendo.

Yates se puso líder. El Giro cambió de manos. Y nosotros, con la boca abierta.

Lo mejor de estar allí no fue solo ver lo que pasaba. Fue vivir con los protagonistas. Hablar con ellos. Sentir la tensión en la sala de prensa. Ver el brillo en los ojos de los que habían acertado y la frustración contenida en los que veían escapar una oportunidad histórica.

Fueron pocos días, pero parecieron semanas. Días de carretera, de cafés rápidos, de bocatas al borde de una valla, de voces afónicas por gritar en meta. Días de trabajar, porque vaya si lo hicimos.

Este Giro me ha recordado por qué me enamoré de este deporte. Porque el ciclismo no es solo un resultado. Es lo que te pasa por dentro mientras ves a tipos reventados cruzar la meta. Es el sudor, la espera, el frío, el olor a tierra, los gritos, las lágrimas. Es estar allí, al borde de la carretera, sintiéndote parte de algo que solo ocurre una vez al año… y a veces, solo una vez en la vida.

No sé cuándo volveré al Giro. Pero ya sé que, si algún día lo hago, será con la certeza de que este viaje no fue solo una cobertura. Fue una revelación.

Y sí. Me voló la cabeza.

Giro d'Italia

Hola 👋

Regístrate para recibir todo nuestro contenido en tu correo electronico

¡No hacemos spam! Lee nuestra política de privacidad para obtener más información.