Sobre la resurrección de Egan Bernal

Egan Bernal, a diferencia de Jesús según postulados de la religión cristiana, parece estar resucitando a los tres años. La desgracia tuvo lugar en enero de 2022, un autobús que a dos dedos estuvo de transportarle hacia la luz. Y tras dicho año de vida en blanco y un 2023 de voluntades ciclistas dándose forma de nuevo, será en 2024, al tercer año, cuando más se acerque al escalador que tan buenos destellos regaló a lo largo de sus días de competición. Es hora de que regrese el pincel colombiano a la alta montaña, y es en ese empeño de épica donde cabe esta necesaria re(a)paración. Los aficionados que comparten banderas con él (y los que no) celebran junto al unánime deseo del ciclismo al completo que el todavía corredor del Ineos Grenadiers sea capaz de regresar al menos a la casilla de salida.

El zigzagueo dirige su bicicleta hacia la Vuelta a España, pin único del mapa sobre el que se dibujan las carreteras de esta temporada. Toditas apuntando hacia Madrid, lugar donde reside el sueño de Colombia de nuevo al escalador bogotano en luna llena. Entre el «volverte a ver», cantaría Juanes, y el «quiero vivir la vida» de Shakira, se abre el sol cuando Egan se alza sobre sus pedales y comienza a desplegar el camino, que se va creando a su paso. La clase vive arriba, entre montañas nevadas. Cromados de blanco serán los picos del Iseran que le dieron un Tour. O verdes las praderas que le vistieron de rosa. En el territorio del samurái todo tiene que pasar. Cuando se dibuja una sombra debajo de la nube, es él, escalando hacia el cielo y transportando en el bolsillo del maillot miles de ilusiones que empujan con él.

La vuelta de Bernal a la cima será bienvenida. Nadie sabrá nunca por qué el destino cruel reservó una inmerecida plaza para Egan en aquel accidente. Se conoce la peligrosidad, pero nunca se visualiza la debilidad, la caducidad del sistema de suerte. Pensarlo es anularte, caer en la tela de araña que la mente prepara a modo de laberinto. Salir de la prueba es posible. Aunque el precio sea elevado y siempre haya algo que pagar. Las decisiones contrarias también acarrean el lado malo de la moneda. Con el tren en marcha es difícil bajar el recuerdo que has borrado. Maletas que contienen cajones que es mejor no abrir y dejar morir para siempre. Carpetas donde la melancolía nunca pierde.

Bernal regresó, ha ido construyendo la mitad de un templo repleto de escalones. Todos y cada uno de ellos son un mundo. Como una hormiga escalando un castillo contra viento y marea. Que el color negro de la piel ciclista no engañe, pues el espíritu y los druidas siguen de su parte. Mejor tardar que nunca llegar, dicen. Retratos de una hermosa canción que sonaba mientras en su camino a la luz alguien agarró su brazo para acompañarle de vuelta a la bicicleta. Los gatos gastan vidas, los ciclistas que pueden se hacen más fuertes. Cuando a tu mente vienen recuerdos de caer por un precipicio, las montañas no parecen tan altas. La vida silva y todo parece perfecto. Almohadas que tus ángeles de la guarda van ubicando en cada curva. Un leve golpe de sol, una brisa de primavera y todo se cura. La esperanza está.

Cuando la sonrisa vuelve a la boca. Ahí es. Los galopes de un caballo que vuelve a la cuadra de la que nunca debió salir. Hermosura en forma de rosa, que repleta de espinas es la vida misma. La que te ignora cuando vas por un pasillo largo. La que viene a tus pies cuando tu mirada distraída viste colores de otros ojos. Los regresos son fruto del dolor de haber tenido que marchar. Si la comprensión alcanza, el proceso supone menos corriente en contra. Los pies atados ante el destino. Sueños de correr. Huir mentalmente del dolor y la tristeza. Despertar y que la vida te devuelva la mirada con el pulgar apuntando al cielo. Ahí es. Cuando Bernal se eleva sobre los pedales y las sonrisas vuelven a la boca.

Foto: ASO / Creusters