Rik Van Looy: Un emperador y su pueblo (Parte I)

No había ningún fundamento para imaginárselo, solamente su edad. Porque Rik Van Looy nunca había hablado del tema. Por tanto, sí que resultó un tanto sorprendente. Y es que, en la noche del 22 de agosto de 1970, cuando regresaba en coche de un critérium celebrado en la localidad neerlandesa de Valkenswaard, junto con su esposa Nini, Rik Van Looy, el Emperador, decidía poner punto final a una de las carreras deportivas más brillantes y carismáticas de la historia de nuestro deporte.

Bien pocas veces se le pudo ver a Rik desde aquella noche montado sobre una bicicleta. Una de ellas, la más icónica, fue cuando, durante la crisis del petróleo de la década de los setenta del pasado siglo, Van Looy aceptó la propuesta del gobierno belga para poner su imagen fomentando el uso de la bicicleta.

Juegos olímpicos de Helsinki 1952 – Imagen L’Equipe.

A pesar de que desde aquel día apenas montó en bicicleta, Van Looy sí siguió vinculado al ciclismo. Como director deportivo, como comentarista de la publicación belga Sport 80, como consejero del BLOSO (una institución semejante al CSD español), o como presidente del Comité Técnico de la Escuela Flamenca de ciclismo.

Dejando aparte la cantidad y la calidad de sus triunfos, la valoración más llamativa que habría que realizar de su carrera deportiva y de sus diecisiete años de profesionalismo, es la que quedaría definida por la inquebrantable unión que existió entre el ciclista y su afición. De un Emperador y su pueblo. ¿Ha llegado a existir en la historia del ciclismo otro ciclista que haya disfrutado de tanta unión y afinidad entre su figura y su afición como la que unió a Van Looy con buena parte de la afición flamenca? Entre los años 1953 y 1970, ser “fan” de Rik Van Looy era casi, en Flandes, una filosofía de vida.

Por aquel entonces, no había retransmisiones ciclistas televisadas. La afición, si quería ver y aplaudir a su ídolo, debía viajar hasta el lugar donde se disputase la carrera. Algo que los hinchas de Van Looy acostumbraban a hacer de forma masiva. El hecho de mover tal cantidad de aficionados significaba ganancias constantes, sonantes e instantáneas para el organizador. Las organizaciones anhelaban la participación de Van Looy, sobre todo en localidades cercanas a Flandes. Y, por supuesto, ese contacto directo entre héroe y su masa de aficionados reforzaba cada vez más su nexo de unión. Un nexo que el propio Rik se encargó muy inteligentemente de cuidar.

Nacido en Grobbendonk, una localidad flamenca cercana a Amberes, fue hijo de un albañil. A sus trece años, Rik ya se levantaba a las tres de la madrugada para repartir periódicos montado en una bicicleta. El hecho de que muchas personas se reconociesen en él fue, sin duda, una de las causas de su enorme popularidad. Eso, y también su carácter: “Cuando los aficionados me aplauden, también se aplauden a sí mismos”, llegó a manifestar en una ocasión. Durante sus años de profesionalismo, Van Looy siempre demostró una gran responsabilidad y respeto hacia sus seguidores y hacia la afición en general. Y su carácter incluía la forma de disputar las carreras.

Sobre todo en sus primeros años como profesional, luchó muchas veces con escasas posibilidades de éxito contra las coaliciones con que los grandes campeones anteriores a él manejaban el cotarro. Acostumbraba a mezclarse en largas e infructuosas fugas. Unas fugas que él, precisamente él, no era quien más las necesitase, por estar dotado de unas magníficas condiciones genéticas para la velocidad: “Tiene la cabeza redonda; ese chico es un ignorante…” Eran algunas de las críticas que sufría el por entonces joven Rik. Pero es que a Van Looy no le bastaba con ganar carreras. Necesitaba tener al público de su lado. La popularidad era su droga.

En el momento culminante de su carrera deportiva, Rik llegó a afirmar: “No entiendo a esos deportistas que dicen no necesitar el aplauso. Que la popularidad les cansa. Personalmente, lo admito: me gusta la fama. Es la droga más fuerte que existe para un corredor. Cuando corro entre los miles y miles de espectadores que, al borde de la carretera, gritan mi nombre, se me pone la piel de gallina, aunque mi cara no refleje esa sensación”.

Mañana, segunda parte aquí, en Le Puncheur

Imágenes extraídas de cyclinglegends 

Hola 👋

Regístrate para recibir todo nuestro contenido en tu correo electronico

¡No hacemos spam! Lee nuestra política de privacidad para obtener más información.