Durante los últimos días de la disputa del Tour de Francia de 1984, Bernard Hinault digería, por primera vez en su vida, una derrota en una gran ronda de tres semanas. Si acaso, la única ocasión en que había tomado la salida en una gran vuelta y no había terminado como primero del podio final, fue durante el Tour de Francia de 1980. En aquella ocasión, fue el abandono en Pau, motivado por los conocidos dolores en la rodilla, lo que conllevó el que no pudiese llegar a París.
Se podría intuir que, sabido su carácter de ganador indómito, y siendo la primera vez que experimentaba este tipo de derrota, Bernard no lo estuviese pasando nada bien. A esto cabría añadir que Hinault estaba claudicando ante Laurent Fignon, un jovenzuelo que había osado “tocarle los pies” durante aquellas concentraciones con el equipo Renault.
En un contexto más amplio, deberíamos remontarnos a su victoria en la Vuelta a España de 1983, sus posterior lesión en la rodilla que le había impedido tomar la salida en el Tour de 1983, sus problemas de convivencia con Guimard, que habían derivado en la salida del bretón del equipo Renault, la aparición de un “personaje” como Bernard Tapie y su fichaje por La Vie Claire, y una temporada nada halagüeña aquella de 1984, que había desembocado en que Fignon le iba a derrotar por más de 10 minutos en la general del Tour de Francia.
Sin embargo, durante una de las etapas postreras de aquel Tour de 1984, la que finalizaba en Villefranche-en-Beaujolais y constaba de 320 kilómetros (nueve horas y media sobre la bicicleta), Bernard Hinault se acercaba al joven ciclista galo Guy Gallopin, integrante por entonces de La Redoute-Motobecane, y le decía estas palabras: “Voy a ganar el Gran Premio de las Naciones, el Giro de Lombardía, y el año que viene ganaré Giro y Tour”. ¿De Bilbao? No, de Yffiniac.
Dos meses después de aquellas palabras, recién inaugurado aquel otoño de 1984, Hinault acudía a disputar el Gran Premio de las Naciones. Se trataba de una prueba cronometrada individual de 89 kilómetros por los alrededores de Cannes. A falta de campeonato oficial organizado por la FICP (antecedente de la UCI), ésta era la prueba considerada como el campeonato mundial oficioso de contrarreloj. Tal era su prestigio en aquella época. Y bien. El Bernard Hinault que había sido derrotado en las cronometradas del reciente Tour de Francia, iba a anotarse la victoria. 1-34 a Sean Kelly. 1-46 a Stephen Roche… y 2-04 a Laurent Fignon. Además, con su registro, Hinault batió entonces la velocidad media del trazado de Cannes del G.P. de las Naciones, situándolo en 44,193 kilómetros por hora, con la dificultad añadida de un viento racheado. La revista “Miroir du Cyclisme” dictó su veredicto: “Le Grand Retour”.

Seis días más tarde, sin acabar todavía ese septiembre de 1984, Bernard Hinault se alineaba junto a Francesco Moser para disputar la contrarreloj por parejas del Trofeo Baracchi, el más importante en esta especialidad de la historia de nuestro deporte. Un Francesco Moser que, hacía ocho meses en México, había batido el récord de la hora de Eddy Merckx. E incluso el Giro de Italia de aquel año diseñado a su medida ante el propio Laurent Fignon. La elección de la pareja por parte de la organización resultó sorprendente. No eran ciclistas con excesiva afinidad.
Sin embargo, en aquel circuito de casi 99 kilómetros entre Borgo Val Sugana y Trento, el dúo funcionó y se adjudicó la victoria. No sin asistir a ciertos tirones en las rampas del circuito por parte del bretón, que deseaba evidenciar que era más fuerte que su pareja. Incluso Hinault cruzó la meta delante del italiano, no permitiendo hacerlo a Moser, cuando hubiera sido lo más lógico porque el entonces ciclista del Gis Gelati corría en su país. Rivalidad que, al año siguiente, durante la disputa del Giro de 1985, le iba a costar sus desavenencias con los tiffosi. Pero son ya otras cuestiones. Continuemos con aquel otoño del bretón. Porque en ese Trofeo Baracchi, Hinault había mandado a la pareja irlandesa Kelly-Roche a casi 6 minutos. La progresión de Hinault era innegable.
O no. Porque Hinault abandonaba el Giro del Piemonte el 11 de octubre. Pero sólo dos días más tarde se levantaba de la cama y anunciaba a su compañero de habitación de hotel Jean François Bernard: “Hoy gano”. “Hoy” era el 13 de octubre. Y se disputaba el Giro de Lombardía. Recuerda Jean François que pensó: “Si éste gana hoy yo ya no entiendo nada”.
Horas más tarde, Jean François Bernard era el que abandonaba a poco de meta una vez bien realizado su trabajo para su jefe de filas. Pero era Bernard Hinault el que atacaba en San Fermo della Bataglia, a 10 kilómetros de meta. Vencía. En solitario. Relegaba a Ludo Peeters, Stephen Roche y Adri Van der Poel, entre otros, a casi un minuto. A Criquielion a dos minutos y medio. A Sean Kelly a más de tres…
Ironías de la vida, en el gran año triunfal de Laurent Fignon, iba a ser el propio Bernard Hinault, con su victoria en Lombardía, quien se adjudicara el premio Prestige Pernod al mejor profesional galo. Las palabras con que se dirigió Hinault en aquella larga etapa de Villefranche-en-Beaujolais hacia Gallopin, iban tornando en profecía. Una profecía que incluía a su vez el Giro y el Tour del año siguiente, el de 1985…
El lector o lectora ya sabe de sobra cómo acabó aquello.

Raúl Ansó es pamplonés y cumple más de una década en proyectos como Road & Mud, Urtekaria, Desde la Cuneta, Planeta Ciclismo, High-Cycling y ahora Le Puncheur. El espíritu crítico y una visión siempre interesante sobre la actualidad, además de gran historiador del ciclismo.