El rumor lleva instalado desde ayer. Y pesa.
Pesa como solo pesan esas cosas que no tienen nombre ni pruebas, pero sí la capacidad de ocuparlo todo. Llevamos horas inmersos en una estática constante: audios que van y vienen, notificaciones que se acumulan, mensajes que señalan sin señalar. Dardos que apuntan directamente a la cabeza de gigantes como Mathieu van der Poel o Remco Evenepoel. Se habla de una operación inminente. De un positivo que sacudiría los cimientos del pelotón.
Y no nos vamos a engañar: en el ciclismo, cuando el río suena, no es que lleve agua. Es que suele traer una riada.
Escribo estas líneas para vaciarme un poco, para liberar la conciencia y quedarme tranquilo, aun sabiendo que es una apuesta arriesgada. Lo hago siendo plenamente consciente de dónde estoy y de lo que es este deporte. No soy ciego ni ingenuo. Sé el historial que arrastra el ciclismo y sé, también, que rumores de este calibre rara vez aparecen de la nada. Es muy probable que haya fuego detrás de este humo. Y si lo hay, será un desastre. Y los culpables tendrán que pagar.
Entiendo perfectamente al que desconfía. Es más: le doy la razón.
Miro el ciclismo de hoy y veo exactamente lo mismo que veis vosotros. Un deporte que parece conjugar el verbo evolucionar hacia el infinito. Medias de velocidad absurdas, récords de ascensión pulverizados casi cada semana, recuperaciones que desafían la biología más básica. Nos hemos acostumbrado a ver ciclistas que ya no parecen deportistas, sino semidioses invulnerables, inmunes a la fatiga. Ante ese escenario, pensar que el dopaje es el motor de todo esto no es ser un hater; es, sencillamente, la conclusión lógica de una mente racional enfrentada a lo extraordinario.
Pero aquí es donde, por pura supervivencia emocional, trazo mi línea.
Porque hay un abismo entre el escepticismo y la amargura. Me vale el humor. Me río con el meme del “combustible nuclear”, con la sátira ácida y el chascarrillo recurrente. Eso es sano. Es nuestro escudo colectivo para no volvernos locos ante la evidencia.
Lo que me niego a aceptar es la postura solemne del inquisidor de sofá. Ese perfil que no busca reírse, sino sentenciar. Que vive el ciclismo como una autopsia en vida, analizando cada vatio y cada mirada con la esperanza de cazar al culpable antes que la UCI solo para poder decir: “¿ves? Os lo dije”.
De ese carro me bajo.
Y si por ello me tienen que sacudir, que me sacudan.
No tengo ningún problema en que me critiquen por romántico o por querer disfrutar mientras dure. Prefiero asumir el riesgo de equivocarme creyendo en la gesta que vivir instalado en la certeza amarga del cinismo las 24 horas del día. Escribo esto porque necesito reivindicar mi derecho a emocionarme. Sé que puede ser mentira. Sé que el río suena con fuerza. Pero mientras la carrera esté en marcha, me niego a que el miedo a ser engañado sea más fuerte que mi capacidad de asombro.
Si mañana se confirma la noticia y tengo que comerme mis palabras, lo haré. Sin excusas.
Pero hoy prefiero dormir pensando en la épica de los semidioses y no en la química de los laboratorios. Es mi elección.
Y si al final me estrello, me estrello yo.

Nacido en Valladolid un 19 de Septiembre de 1994, Sergio Yustos Fernández, apasionado de las dos ruedas y triatleta en sus tiempos libres, comenzó su andadura en Zona Matxin allá por 2012. Poco tardo en crear un proyecto como Road & Mud que estuvo dirigiendo entre 2013 y 2018. Después de unos años escribiendo previas y análisis de carrera en sus redes personales, ahora lidera este proyecto. Lo podéis escuchar también en el conocido podcast de El Maillot.