Cuando el cielo manda y el protocolo no existe

 

El ciclismo volvió a tropezar ayer con una de sus piedras favoritas: la ambigüedad. Ocurrió en la Volta a la Comunitat Valenciana, con una contrarreloj que se disputó… pero cuyos tiempos no contaron para la clasificación general. El objetivo, según la organización, era “reducir riesgos”. El resultado, sin embargo, fue el de casi siempre: un parche mal ajustado que dejó al descubierto las costuras de un sistema que sigue improvisando cuando el cielo se encapota.

Sobre el papel, la idea sonaba salomónica. Neutralizar la batalla por la general, mantener la etapa y salvar el expediente. En la práctica, la carretera —juez insobornable— dictó una sentencia muy distinta. Remco Evenepoel, incapaz genéticamente de entender una carrera a medio gas, voló sobre el asfalto mojado a más de 50 km/h de media. Ganó, arrasó y compitió como lo que es: un corredor que no sabe correr “de mentira”.

Y aquí aparece la gran pregunta: ¿dónde queda la reducción de riesgos cuando el ganador se juega el físico a esa velocidad? ¿Qué se ha neutralizado exactamente?

Lo vivido en Valencia conduce a una conclusión incómoda, pero inevitable: las medias tintas no funcionan. O se compite con todas las consecuencias, o se cancela la jornada. No existe un término medio seguro cuando se rueda al límite. Decirle a un ciclista que “la etapa no cuenta, pero se corre” es crear un escenario confuso donde el peligro no desaparece; simplemente se disfraza. Mientras haya un dorsal, un crono y un arco de meta, habrá alguien empujando hasta el límite.

El problema, además, va mucho más allá de la decisión puntual. Es el cómo y el cuándo. Seguimos atrapados en reuniones improvisadas junto a los autobuses, en debates acelerados a veinte minutos de la salida, con el casco ya puesto y el pinganillo encendido. Es la antítesis de cualquier concepto serio de seguridad laboral.

Lo explicó con total claridad Iván Romeo, poniendo el dedo justo donde duele:

“Tendría que haber un protocolo y no tendríamos que ser los ciclistas quienes tengamos que decidir esto a 20 minutos de comenzar la etapa”.

Iván Romeo durante su entrevista con Eurosport

No se puede resumir mejor. Es absurdo que la responsabilidad recaiga sobre quienes se van a jugar el tipo, y todavía más absurdo hacerlo con el reloj corriendo en su contra. Lo hemos visto con lluvia, con viento, con frío extremo. Y lo seguiremos viendo mientras la seguridad dependa de sensaciones, opiniones o del clásico “vamos a probar.

La solución pasa por desterrar la subjetividad. El ciclismo necesita un protocolo de seguridad objetivo y vinculante. Parámetros claros, medibles y automáticos: si el viento supera X nudos, no se corre; si la visibilidad baja de Y metros, se cancela; si la temperatura es inferior (o superior) a N grados, no se sale.

Sin interpretaciones. Sin presiones comerciales. Sin improvisaciones de última hora que, bajo la etiqueta de la prudencia, permiten situaciones tan contradictorias como una crono “neutralizada” a 50 km/h.

Si se cumplen las condiciones de peligro estipuladas, se aplica la norma y punto. Esa decisión debería recaer única y exclusivamente en un comisario de la UCI, encargado de activar el protocolo de forma automática y sin margen para interpretaciones. Así se protege a los corredores, se libera a organizadores y equipos de decisiones imposibles y se deja de jugar al funambulismo.

Porque la seguridad de los ciclistas es lo único que no puede estar sujeto a votaciones ni a consensos de emergencia. No podemos pretender ser los mejores en términos de seguridad ante caídas, diseño de recorridos o control del riesgo si, cuando llegan los momentos críticos, todo vuelve a salir mal y lo que está en juego son vidas. O corremos de verdad, con garantías, o nos bajamos de la bici. Todo lo demás es fingir normalidad… hasta que un día, inevitablemente, sale mal. Como ya ha pasado demasiadas veces.

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