Los traslados en las Grandes Vueltas

Los recorridos ciclistas tienen su importancia. Una parte de los seguidores del ciclismo se inclinan de forma legítima por concederle incluso valor preponderante sobre la actitud de los ciclistas. Otros invierten la balanza, con múltiples graduaciones de una y otra postura. Lo que es innegable es que los traslados ejercen una influencia indudable sobre los ciclistas y sus equipos. Incluso sobre los operarios de la carrera que durante tres semanas gozan de escasos momentos de descanso. Mientras la UCI regula cuánta pasta de dientes debe utilizar un ciclista durante los días impares, los traslados continúan siendo excesivos en las grandes vueltas.

Hay que entender todas las partes de esta gran tarta. El organizador tiene el fin legítimo de elaborar una carrera con cierto sentido ciclístico que al mismo tiempo resulte rentable en lo económico. Puntos de salida, llegada, atractivo mediático, muchas variables que conjugar en una misma comida. Los elementos varían, las circunstancias también y los resultados oscilan entre la sensación de éxito y fracaso y todas las gamas de grises intermedias. El Tour suele tener mejor prensa, la Vuelta hasta esta edición también, y el Giro es el que actualmente deambula en esa línea de crítica constante en los últimos tiempos.

Los traslados son necesarios para cuadrar etapas, para que ese mapa gane 21 etapas y se abarquen cuantos más territorios mejor. A veces los territorios intermedios no están interesados en recibir etapa alguna o directamente la voluntad de la organización de celebrar etapas clave en los últimos días obliga a traslados importantes. Tenemos fresco el ejemplo del traslado del Giro de Italia el penúltimo día, después de una contrarreloj durísima al Monte Lussari. Más de 800 kilómetros entre el noreste de Italia y Roma. Por supuesto, el último día es un trámite y los ciclistas suelen gozar de las mayores comodidades, no así los operarios que deben trasladar las salidas o las metas por carretera.

La tendencia de la Vuelta a España en los últimos años a polarizar sus trazados empieza a obligar a traslados bastante excesivos. En 2022 los corredores se vieron en un viaje a los tres días de empezar para regresar a la Península Ibérica desde Países Bajos. Un nuevo traslado desde Asturias a Alicante y por último uno más pequeño teóricamente entre Sierra Nevada y Cádiz. Si sumamos las distancias y el resto de traslados, suman más los kilómetros fuera de competición que en la propia carrera. Una barrera llamativa y que tal vez debiera ser el límite marcado por la reglamentación, en este momento más necesaria que nunca.

La mala experiencia del viaje entre Murcia y Valladolid es aún recordada por muchos ciclistas. Ese mismo día llegaron al hotel más allá de las dos o en algunos casos las tres de la madrugada. Después de una etapa que se hizo durísima y que acumuló demasiada polémica. No es de los peores, pero lo preocupante es que una semana más tarde la Vuelta regresa a Valladolid. De la capital pucelana el pelotón emprendió el viaje a los Pirineos. Regreso más bien, ya que la salida se dio en Barcelona y se exploraron ya las montañas andorranas en la tercera etapa. Bajar hasta Murcia para llegar de nuevo a la cordillera en apenas tres etapas.

¿Se podría haber dispuesto el mapa de otra manera? Tal vez. Esos vaivenes de la carrera sobre el plano habían sido seña de identidad y una forma de distribuir los esfuerzos y los centros de atención hacia los lugares en los que la organización piense que es mejor. Un nuevo traslado llevó a los ciclistas de Pamplona a Cantabria por carretera. Todo después de disputar los Pirineos, con la consabida alta acumulación de distancias de coche que los ciclistas deben afrontar. Este tipo de etapas, así como aquellas que son íntegras en un territorio, exigen esos esfuerzos extras. Aún así, el chicle parece estirado en exceso esta vez.

Se proponen muchas soluciones y se busca la máxima comodidad para el ciclista (sobre todo la de las estrellas participantes en Giro y Vuelta). Lo interesante ha sido ver cómo el Tour ha conseguido minimizar los grandes viajes, pudiendo gozar los corredores de días de descanso reales. Casualidad o no, se ha visto una carrera muy intensa, con un sinfín de movimientos y tramas más allá del duelo entre Vingegaard y Pogačar. Mucho más sostenible y… barato, más aún con el precio de los combustibles disparados. Con eso, acercar los Vosgos a París ha sido el gran esfuerzo en esta última edición.

Con la lógica tendencia a celebrar la salida en los países no ya fronterizos, sino más lejanos como el caso de Dinamarca con Francia en 2022, la evolución debería girar hacia reducir todo lo posible que el ciclista, que es el claro protagonista de toda esta historia, tenga que hacer un exceso de kilómetros fuera de la bicicleta. Tanta preocupación por que se hagan incluidas en las etapas, buscando formatos ridículos en algunos casos, y resulta que se les exigen esos esfuerzos por otro lado. Tal vez fuese mejor que las etapas volviesen a tener una dimensión decente y que se dejen de lado esas segundas partes de las etapas.

Mientras tanto, ninguna voz se alza ante unas demandas que estarían más justificadas que nunca. Por eso, más interesante sería hacer mas hincapié en esta reivindicación que en muchas otras donde, de nuevo, quienes acaban pagando el ‘pato’ son los propios aficionados. En que el ciclista tenga sus horas de descanso en lugar de dedicárselas a un autobús o un vestíbulo de aeropuerto, el ciclismo no pierde nada. Más bien ganan ciclistas y aficionados, que encontrarán ciclistas más frescos y con la capacidad de haber podido recargar pilas.

Si tomamos como ejemplo a la Vuelta, aunque es algo extensible a sus dos hermanas, la última ocasión en la que el pelotón comenzó la etapa en la misma localidad que les vio llegar el día anterior fue el paso por Bilbao en 2022. La anterior también fue en la capital vizcaína, en 2019. Un año antes, sólo Lérida recibió al pelotón y lo despidió, Nîmes doce meses antes… así es la dinámica durante los últimos años, donde lo que era tradicional es ya una excepción. Llevar la carrera a cuantas más localidades sea posible es el reto.

Mientras tanto, discursos huecos y populistas por todas las vías sobre la importancia de proteger la seguridad y la salud de los ciclistas. Pero del descanso del ciclista en una ronda de tres semanas decimos bien poco. Las quejas afloran en el Giro en solitario, con razón, cuando ya no es un mérito en exclusiva de la vertiente italiana de las tres grandes.

Fotos: ASO / Unipublic / Sprint Cycling Agency