Van der Poel vs Van Aert: un duelo de leyenda

El duelo entre Mathieu Van der Poel y Wout Van Aert será de los que se hable en el futuro, cuando pase, cuando se eche de menos. Los genios nacen y mueren, pero en pocas ocasiones se reproducen. Los talentos que la historia ha regalado al ciclismo casi nunca se han visto traspasados a sus nuevas generaciones, que en muchos casos han concedido preferencia a sus estudios o un tipo de vida más duradero. También más alejado de una juventud exitosa al tiempo que sacrificada como la vida de un ciclista. 

Cuando dos ciclistas de tanto talento coinciden en época y hasta casi en localización de su nacimiento (ambos nacidos en localidades del entorno de Amberes), es fácil encontrar el duelo. Cuando ambos disputan y ambicionan las mismas carreras a nivel local, el duelo es inevitable. Difícil hacerse de uno o de otro, eso sí, a pesar de pertenecer a banderas diferentes. Países hermanos y cruentos rivales en lo que a ciclismo se refiere, una de sus bajas pasiones. 

Los demás sólo podemos disfrutar de ver las peleas entre ambos ciclistas, en carretera como las pruebas de un día, con o sin pavés. O en el Mundial, donde uno (Mathieu) ha asestado diana sobre la medalla de oro, y otro (Wout) está coleccionando medallas de plata. Aliñadas con la presencia de otros genios del pedal, ofrecen un auténtico recital de espectáculo con el que se ha generado una generación de leyenda a la que sólo falta un nombre a la altura. Leyendas como Evenepoel, ese ciclista que ya antes de triunfar lo era; Pogačar, un ganador de Tour al servicio del espectador; lo que fue Alaphilippe, una especie de mezcla entre D’Artagnan y Robin Hood que aprovechaba los resquicios entre todos estos colosos. En medio del reinado, Roglič, quizá el más completo de todos, y Vingegaard, el rey puesto. 

Con intrusismos varios de unos en el terreno de los otros, las batallas de un día sobre cualquier superficie, da igual que suceda en primavera, verano o invierno, las protagonizan estos dos superguerreros. Van der Poel y Van Aert tienen su mundo predilecto en los adoquines, las colinas o el barro. El palmarés de uno sobresale el del otro. Pero no cuenta aquí la victoria, sino la forma de ganar. No cuenta tampoco la derrota, sino la forma de perder. Conseguir o no conseguir, tan de Shakespeare, ellos corren por la leyenda, por el aficionado, por alimentar un paso a la historia que en esta ocasión no debería tener lugar por batir récords imposibles. Donde está uno, está el otro. Donde el otro, el uno. El medio bate al fin. 

Es una cruel ironía del destino. La gran amplitud del calendario permite horizontes para los dos. De repartirse, el palmarés de ambos sería de escándalo si no lo es ya. Como su cosecha depende de la combinación del rendimiento y la inspiración de ambos contendientes, vasos comunicantes. Y como sólo gana uno, el éxito de uno lastra el del otro. Ying y yang, cara y cruz en una paleta de colores que contempla la segunda posición como el mejor de los fracasados. Así ha regido en sus carreras, de juveniles a adultos. El disfrute de la competición, el omitir la presión y circular por la vida con el objetivo de medir sus avances con el al tiempo vecino, amigo y rival. 

La supremacía última de Van der Poel sobre Van Aert es un hecho. Uno selecciona caminos para mantenerse en la cima arco iris de su montaña, en un intento porque no sea rusa, como pasa con los años de éxito absoluto. El otro busca retos que satisfagan el punto intermedio entre su propio ego y moderada ambición, el empuje de la opinión del aficionado y los objetivos del equipo. Uno con un Alpecin-Deceuninck volcado en la única idea de hacer grande al nietísimo. Otro con un Visma – Lease a Bike que ve a su pupilo como una herramienta en lugar de como un fin en sí mismo. Corriente a favor contra corriente colateral. Una guerra entre cascadas, loores, lamentos y vítores. Lo que puede ser y no es. Lo que es y deberíamos valorar. Van der Poel vs Van Aert.

Foto: Sirotti