Sobrevivir a un infarto y seguir montando en bici

22 de febrero de 2022, el día de la buena suerte. Instagram está lleno de «influencers» hablando de ello. Los negocios en línea te bombardean con publicidad sobre tan señalado día. Y yo, ajeno a todo esto, me dispongo a hacer mis series por el Vivero… Ahora que lo pienso, no recuerdo cosas de ese día fácilmente, como quién me entrenaba y me pautaba las series, ya que Igor no era y todavía no conocía a mi querido Alberto Masa. Solo recuerdo que me tocaban sprints de 30 segundos en el monte, antes de reunirme con Fede para dar una vuelta por el paraíso. Ese día había cambiado mi vida sin saberlo (o quizá había cambiado hace tiempo). Esta es la historia de cómo después de un infarto volví a la bici y a mi vida habitual. Nada excepcional, pero me apetece contarlo…

El día 22 me tocaba trabajo específico en el monte y luego pretendía dar unas vueltas por el Vivero con mi queridísimo Fede. Después de hacer las series, empezó a dolerme la espalda de una forma más extraña de lo habitual (que es cada día). Pero fui en busca de Fede, y pese a que me encontraba mal, hicimos 4h 30′ de salida con 1.500 metros de desnivel, volviendo a casa con dolor de espalda, brazos y muelas. Pero con unas sensaciones brutales, como le dije a Fede, me encontraba «mejor que nunca». Menos mal… (sarcástico).

Una vez en casa ya vi que algo no iba bien y decidí irme a dormir. Según Maialen, para no recoger la ropa, y ahora debo confesar que fue verdad: fingí un infarto para no recoger la ropa, es lo que más odio en el mundo. Y… ¿qué es un cateterismo comparado con no colgar la ropa? Ahora en serio: me metí en la cama pensando que de nuevo mi cabeza me estaba jugando malas pasadas y me estaba dando señales falsas, pero a las tres horas me desperté y decidí irme al hospital. Porque una persona hipocondríaca como yo hace eso, ir al hospital por cualquier síntoma raro en su cuerpo. Síntomas que, por otra parte, son generados por esa ansiedad que surge de que te preocupes por estar mal… Es una sensación maravillosa estar encerrado en ese círculo vicioso, no se la deseo a nadie.

Una vez en urgencias, las pruebas típicas, fiebre, tensión, electrocardiograma… Todo correcto, pero… un médico al cual le estaré agradecido toda mi vida decidió hacerme un análisis de las enzimas cardíacas. Esto debe ser protocolo, pero en mi caso alguna vez que había ido por dolores parecidos, nunca me lo habían hecho. Así que afortunadamente esta persona decidió hacerlo y posiblemente eso me salvó la vida.

Es complicado el momento en el que te dicen: «a ver, tienes las enzimas cardíacas altas y eso puede significar que te está dando un infarto, aunque no vemos nada en el electro». De ahí empezaron las ecografías, los electros, el monitorizarme… Hasta que un escáner descubrió la realidad: tenía una arteria obstruida al 60%, escáner que de nuevo se debió a la insistencia de un cardiólogo que lo vio totalmente necesario. El mundo encima en ese momento, pasas de debutar en las Green Series de MTB a estar en la lista para que te hagan un cateterismo de urgencia. Suena raro. Posiblemente no se entienda. Pero mi primera pregunta fue llorando: «vale, ¿pero voy a poder seguir montando en bicicleta?» No pensé en nada más, asumía que iba a sobrevivir, que iba a poder seguir con mi genial vida, pero… ¿y la bici?

Esto es algo que me he planteado muchas veces, ¿es sano este amor incondicional por la bicicleta? Algo que me da muchísimas cosas en mi vida, pero a la vez ser consciente de que no tenerlo me iba a hacer profundamente infeliz, hasta el punto de deprimirme. Pero al final, creo que sí, que las cosas que amas o quieres hacer se viven a tope, con toda la intensidad del mundo. El mejor grupo del mundo escribió: «Eta pasioa da hemen, exijitzea zilegi den gutxieneko hori / La pasión es el mínimo exigible». Por cierto, estoy escribiendo esto escuchando el disco nuevo de Gorka Urbizu, un disco maravilloso y que solo puedo recomendar. Y creo que es realmente así, vive todo con pasión, y si fracasa lo aceptas.

Bueno, volviendo a mi drama. Allí estaba en la UCI (la del ciclismo no, la del hospital, la buena), esperando a que me hicieran un cateterismo, sin tener muy claro nada de lo que me pasaba ni a dónde me iba a llevar, pero era la única opción. Y además no estás para exigir cuando están salvándote la vida. En esos momentos, mi cabeza pensaba más en: «¡que me puedo morir!», que en: «se te ha acabado la bici». Además, en la UCI, sin visitas, sin móvil, sin nada, se piensa… se piensa mucho… Y si eres como yo, que piensa muchísimo de normal, imaginad el drama.

Obviamente, me hicieron el cateterismo y, para mi sorpresa, sobreviví a la operación (que es realmente una operación ambulatoria). Y mi corazón estaba totalmente perfecto. El momento de ver a Maialen entrar en la UCI a verme (hicieron una excepción) fue maravilloso. Hasta que llegó mi amigo el cardiólogo. Vamos a llamarle Gandalf, el portador de malas noticias, Cardiólogo el gris… Sus palabras fueron maravillosas:

– Olvídate de la bici, en un año podrás darte un paseo por la ría con tu pareja, pero no esperes volver a subir el Tourmalet… Pero podrás hacer vida normal.

(SPOILER: ¡Sí, volví a subir el Tourmalet!)

Y yo ahí llorando como una magdalena y Gandalf hablándome de vida normal. Hay mensajes que deberían plantearse de forma correcta, porque hablarle de vida normal a alguien a quien le estás diciendo que no va a poder hacer de forma normal lo que más le gusta es un mensaje cuanto menos equivocado. Si ya entras a valorar los objetivos y aspiraciones de esa persona, apaga y vámonos. En mi caso, competir es solo una forma de sentirme más joven, de recordar épocas pasadas y puedo aceptar no volver a competir. Pero hay que tener tacto con esos mensajes. No son cosas fáciles de aceptar y, por favor, no le digáis a nadie: «¡pero estás vivo, que es lo importante!»

Ahí empieza una montaña rusa de sentimientos. Por un lado me llenaron de miedos, que me convirtieron en alguien súper frágil, y por otro lado tenía ganas de empezar mi nueva vida, fuera la que fuera (bueno, y de volver a casa con Maialen y con mi gata). Y en mi caso, mi nueva vida empezaba de la mano de la propia Osakidetza (sistema de salud vasco). A la vez que estaba cagado, vino una persona de rehabilitación cardíaca y tuvimos esta conversación:

– ¿Qué hacías antes de este incidente?
– Andaba mucho en bici, escalaba, iba al monte… Y estaba preparándome en serio para competir en ciclismo.
– ¿Y cuál es tu objetivo después de este incidente?
– Pues poder pasear en bici, aunque sea bici eléctrica.
– No, tu objetivo es volver a tu vida anterior, a competir si competías y nosotros te ayudaremos.

¡MI CABEZA HIZO BOOOMM! Había esperanza de al menos volver a tener una vida ciclista medio normal. Joder, me había dicho que podía competir. A poco que acertase en su predicción, podría andar en bici aceptablemente. Os lo juro que casi lloro de la emoción (aunque luego volvió Gandalf de nuevo, pero ya me daba igual). Me cambió la vida esa conversación, me dio esperanza después de cinco días hospitalizado en los que pensaba que mi vida había cambiado por completo. Además, en esa conversación surgió el nombre de una persona clave en mi recuperación como ha sido Zigor Madaria.

Había un objetivo, había un plan, unos pasos a seguir, así que tocaba enfocarse en ello. El plan consistía en llevar una buena dieta (cosa que ya sucedía), hacer ejercicio moderado, psicología y poco a poco recuperar mi normalidad. El 15 de marzo llegó mi primer día importante, una prueba de esfuerzo para ver si mi corazón estaba bien, y todo salió según lo planeado. No había nada raro en mi corazón, y estaba mejor que la media de mi edad. Con esto ya podíamos empezar la rehabilitación mental y física. En mi caso, debo decir que la física no fue nada complicada, lo complicado ha sido la mental. Y es que la cabeza no siempre hace caso a la razón.

La parte física fue fácil de seguir con las pautas. El cardiólogo de la rehabilitación me dijo básicamente que lo que me podían ofrecer allí era menos de lo que podía hacer yo por mi cuenta. Así que me daban libertad para hacer deporte sin pasar de 155 ppm. Al principio, por las caídas, fueron reacios a que anduviese en bici, pero es que creo que hay términos medios entre no salir a correr por si acaso te caes y hacer downhill con la MTB. Así que empecé a salir con la bici de carretera, con más miedo que vergüenza de pasar de 155 ppm… de no caerme… pero estaba de nuevo andando en bici. En un mes estaba de nuevo en la carretera haciendo lo que más me gustaba. La parte física estaba en marcha…

La parte psicológica, eso es otro cantar. Como he explicado, pasas a convertirte en alguien frágil, a temer que te vuelva a pasar, más en una cabeza como la mía que tiende a sabotearse. Por eso he pasado un año entero (dos ahora en un mes) luchando contra mil síntomas inexistentes. Zigor Madaria ha tenido que aguantarme muchas de estas mierdas, tuvo demasiada paciencia. Pero he aprendido que no pasa nada, es normal, es el proceso natural. La clave está en hacer el caso adecuado a esos síntomas, hacer caso a los médicos y empezar a fluir. Debo decir que hubo muchísimo trabajo con mi psicóloga (Maite, una de las personas imprescindibles de mi vida) para seguir tratando mi ansiedad y muchísima paciencia por parte de mi pareja porque no es fácil convivir con una persona que está sufriendo y no sabe por qué. Mila esker.

Pero yo creo que todo trabajo psicológico suma y te hace más fuerte. Y te ayuda a aprender sobre ti y sobre tu cabeza. Aprendí a ser más fuerte, a disfrutar más (si cabe) de la vida, a no hacer más caso del necesario a mi cabeza. Y a quitar el miedo a morirme cada día, porque es ridículo. Pero como me dijo Kilian Jornet: sin riesgo estaríamos muertos. Bueno, dice muchísimas cosas y todas interesantes, por eso no sé si fue exactamente eso lo que dijo. Pero da igual, ved sus Summits.

P.D: he escrito esto prácticamente sin repasar lo que escribía, era tan especial que quería escribir lo que me salía de dentro. Así que ahora leyéndolo, debo decir que me entrenaba Gorka Oka cuando me pasó. Creo que desde esto no ha vuelto a entrenar a un ciclista (jajajaja).