Empieza la tradición, llega el disfrute clásico

Hemos pasado unos días divertidos viendo a los ciclistas por paisajes calurosos y subidas prefabricadas que nos recuerdan que vivimos en un ciclismo globalizado. Un ciclismo nuevo que nos lleva por extensas llanuras en las que no hay ni un solo espectador. Llevar el ciclismo a estos países está claro que es una cuestión monetaria, ya que no supone ningún otro beneficio, como crear comunidad ciclista ni nada por el estilo.

Pero ya está, se ha acabado la broma y vamos a lo serio, porque frente al estilo del lavado de cara (que no pasa solo con las carreras, solo hay que ver los equipos…) llega la tradición, llegan las clásicas de primavera. Llega el Opening Weekend de Omloop más Kuurne (aunque esta última sea más una carrera de sprinters).

Y a este Opening Weekend se habían apuntado casi todos (por encima me faltan Mads Pedersen, Pipo Ganna y Tadej Pogacar), hasta que de nuevo Wout van Aert ha enfermado y tampoco va… Es de marca lo de este tipo. Curiosamente, ayer vi una publicación de Velon en la que, no sé si fruto de que ya sabían que no corría o de que no le consideraban como un candidato, no aparecia como candidato. Entiendo que debería ser lo segundo, pero le urge dejar la intrascendencia cuanto antes porque calidad tiene de sobra.

Pero dejando al belga quiero hablar de esta época de verdadero ciclismo, de carreras que siguen conectando con la historia y en las que, aun en tiempos de bicis de precios imposibles, sigues viendo la leyenda que convirtió al ciclismo en el deporte del pueblo y que, pese al empeño del capitalismo, no ha dejado de serlo en ningún momento. Y es que, aunque carreras como Flandes hayan cambiado su recorrido, siguen manteniendo sus señas de identidad (aunque es una verdadera pena que no suban el Kappelmuur), que nos hacen estar enamorados de estas carreras. Difícilmente conseguiremos sustituir la tradición por otras carreras más novedosas. El ejemplo es Andorra Cycling Masters, que reunió a cuatro estrellas pero cuyo seguimiento fue nulo. Y por mucho dinero que les diesen, dile a Tadej Pogacar que renuncie a disputar Flandes por esa carrera, a ver qué te dice…

Y es que el ciclismo necesita mucho de la tradición, de la leyenda, de contar historias. Es un deporte narrativo que tiene la necesidad de respetar su propia historia. De esa necesidad nacen las historias que nos impactan. Y por eso las retransmisiones necesitan también de sus narradores, que pese a nuestras filias y nuestras fobias, son quienes mezclan la historia y el presente, en una narrativa que enriquece hasta las etapas monótonas, donde lo más interesante es ver los paisajes. Pero, claro, además de beber de esa tradición necesitamos nuevas leyendas que contar, y en el ciclismo eso pasa en las clásicas. Es raro que haya un año en el que no ocurra algo que te haga amar el ciclismo.

Sin ir más lejos, el año pasado vivimos la Milán–San Remo más increíble, diría, de la historia; un Tour de Flandes maravilloso; y una París–Roubaix con Tadej Pogacar desafiando a Mathieu van der Poel en su terreno. Pero también recuerdo a Tom Boonen y Fabian Cancellara pegándose en el Kappelmuur; a Philippe Gilbert ganar en solitario después de atacar en el Kappelmuur, demostrando que nunca es demasiado pronto; a Peter Sagan contra el mundo; a Matej Mohoric a tumba abierta; a Michele Bartoli y sus épicas victorias… Y, por supuesto, la reina de las clásicas, París–Roubaix, donde sale casi a edición por historia memorable. Tengo dos que son mis preferidas: Bernard Hinault, odiándola con toda su alma pero yendo cada año solo por ganar; y luego las declaraciones de Theo De Rooij, que para mí son las mejores:

“Esta carrera es una mierda. Trabajas como un animal, no tienes tiempo para mear, mojas el culotte, te resbalas, te caes… ¿Que si volveré el próximo año? Pues claro, ¡es la carrera más hermosa del mundo!”

Quizá Flandes y Roubaix son de lo poco que nos queda de ese ciclismo primitivo, salvaje y legendario, que aun así se está domando con la tendencia de montar neumáticos de hasta 35 mm en estas carreras. Tendencia con la que un ciclista como yo, que se resiste a las 28 mm y que las dos veces que ha hecho París–Roubaix lo ha hecho con neumático de 23 mm, no puede estar más en desacuerdo… Y si Mathieu van der Poel la ha ganado con 28, ¿quién soy yo para contradecirle?

En conclusión, saquen su mejor sonrisa, su cerveza Kwaremont y disfruten, merecerá la pena

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