Los bandazos de la Tirreno-Adriático: más reflexiones sobre el ciclismo de hoy

Lo sé, hablo mucho de las raíces, de la tradición. Lo haré esta vez a través de la Tirreno-Adriático, enlace entre el invierno de pruebas de preparación y la primavera, la Milán-San Remo, la apertura de los Monumentos. Las carreras necesitan tener sentido, tener un por qué. La tradición de la Tirreno ha sido navegar entre dos mares buscando la atención de quienes preparaban la classicissima, que, como todos sabremos a estas alturas, mantiene los casi 300 kilómetros de recorrido sin rechiste alguno. Bellos duelos entre clasicómanos reconvertidos en vueltómanos por ir encadenando clásica tras clásica en la bellísima y escarpada Italia. Ganadores diferentes, una ocasión para aquellos ciclistas que jamás soñarían con una general en sus vitrinas.

Actualmente, el golpe de timón mantiene los dos mares, el leitmotiv, pero no el rumbo. La fiebre por correr de principio a fin de la temporada, con los grandes protagonistas implicados en todo, provocó la adaptación a los nuevos tiempos. Los 300 kilómetros de la San Remo han dejado de ser preocupación. Se da por bueno que sean de la partida Pogačar o Vingegaard, los dos jefes del cotarro a nivel mundial. Etapas para ganadores de Tour, una carrera más a disposición de los mismos de siempre. Llegada en alto, crono y algo de movida, pero no demasiada, no sea que se nos espanten. La búsqueda de la participación a toda costa, con la competidora simultánea, la París-Niza, en constante movimiento para robarse estrellas la una a la otra.

A un ciclista de mes de julio, dale una crono, una llegada en alto donde probar sensaciones y optar a la victoria y necesitará poco más para acudir. Italia es siempre atractiva para viajar. Alguna etapa por encima de los 200 kilómetros, sí. Pero compensadas con otras de kilometraje más liviano. Días para el sprint, días para rodar. Pero esto no es la Tirreno-Adriático. Esto no era la Tirreno-Adriático. Desde que Nibali despedazó a Froome en las colinas de aquella lluviosísima jornada camino de Porto Sant’Elpidio, se cambiaron las coordenadas. El recorrido aplicaba más para vueltómanos, para atraer a esa clase de corredores que se implicaba entonces ya a alturas tempranas de la temporada.

Contador se ensañó con la París-Niza, la rival directa. Había que competir y atraer a Chris Froome (que nunca llegó a ganarla), Nairo Quintana, Vincenzo Nibali… en la actualidad los Roglič, Pogačar, Vingegaard… El propio madrileño se dejó caer por la vertiente italiana del mes de marzo e hizo lo que mejor sabía, que era poner la carrera patas arriba y llevarse el tridente a casa. La carrera de los dos mares explora desde entonces la busca de un tercero: el marketing.

Lo emocional de las carreras, la transgresión de las tradiciones

Nada en contra de la evolución de las carreras. Ni de las especies. Ni de la prosperidad. Sí una lástima profunda por la pérdida de referentes identitarios de un deporte que sigue derribando uno a uno los pilares que le sostienen. La tradición, ese arma arrojadiza que se nos achaca a los peyorativamente llamados nostálgicos, es esencial en cualquier deporte que se precie. Difícil imaginarse una academia de inglés vendiendo fruta. O un supermercado arreglando coches (todo llegará). Tirreno-Adriático y su organización tienen todo el derecho a plantear lo que quieran para atraer a quien deseen, sólo faltaba.

Si Tirreno-Adriático ha optado por atraer estrellas del mes de julio en base a recorridos que se alejan del por qué distintivo que la define, ¿cuáles serán los siguientes pasos? Podemos plantear una París-Roubaix en los Alpes para atraer a los escaladores del Tour. De momento no se ha planteado la necesidad. También se podría eliminar los tramos de pavés y sustituirlos por autovías. No cabe una mayor garantía para que los mejores vueltómanos se diesen de ataques para ganar todo un Monumento. Creo que se entiende lo que quiero transmitir. Tirreno-Adriático ha sido siempre otra cosa, una carrera que servía de preparación, que buscaba dar batalla a todos aquellos clasicómanos que estaban afilando cuchillos de cara al Poggio, a La Cipressa.

Dejemos las innovaciones para los cascos, que ya bastante absurdo se está poniendo el tema. Tirreno debe ser lo que era, una prueba donde el máximo vencedor se llama Roger De Vlaeminck. Seis ediciones, por cierto, ganadas de forma consecutiva en los años 70. Ganadores como Óscar Freire, Michele Bartoli, Francesco Moser, Erik Dekker, Giuseppe Saronni, Maurizio Fondriest, Davide Rebellin, Abraham Olano… ¿Cuántos de ellos no la habrían ganado hoy día con estos planteamientos?

El ciclismo donde nadie dice nada

Hace algunos años, no tantos, la queja llegaba por el ciclismo automatizado. De último puerto, de último kilómetro. Se desprecia y maltrata el concepto de contrarreloj, y ni siquiera los especialistas salen a pelear por lo suyo. Desaparece la Copa del Mundo de forma innecesaria y no pasa nada. Todo está bien, todo está perfecto. Si mañana se retuercen los argumentos y se contemplan carreras que pertenecen al otro lado del calcetín, mismo axioma: todo está bien, todo está perfecto. Si la mayor noticia de la Tirreno-Adriático es el casco que saca el Visma (ridículo y absurdo), todo está bien, todo está perfecto. ¿Qué ciclismo ha visto la gente que se ha enganchado al ciclismo hace diez o quince años? ¿Era éste? Si no fuese por los cuatro (o cinco) magníficos, los espectáculos que íbamos a ver iban a ser tremendos.

Ya vimos un Giro pasado (2023) donde el aburrimiento fue la nota predominante montaña tras montaña. Los árboles que no dejan ver el bosque. Ganó Roglič y se pasaron todos los males porque el titular vende, no se escarba más allá. No hay crítica, no hay propuestas. Nada más que existe la aceptación de unos mantras impuestos por quienes dirigen el cotarro. Gente que plantea análogos a eliminar las redes del tenis, a reducir los partidos a medio set. Todos ellos están formando una corriente que está arrastrando al ciclismo hacia un totum revolutum donde casi nada es ya reconocible. El Tour parece más la Vuelta. El Giro no se sabe ni lo que parece. Resisten los ‘Monumentos’ y alguna que otra carrera saliéndose del guion como Strade Bianche, O Gran Camiño y pocas más.

Los hombres del ciclismo deben aprender de las mujeres del ciclismo. Si les preguntas a ellas, piden más. Más etapas, más kilómetros, más contrarreloj. Si les preguntas a ellos, en una gran mayoría prefieren menos, menos y menos. Todos en el redil, guardando la ropa mientras el arroz se pasa. Nadie dice nada. Todo son buenas palabras, no hay crítica, no hay opiniones que se salgan del sota, caballo y rey. Fuera del pelotón, donde se suponen voces críticas, no las hay. Twitter, con su estercolero de bilis y pseudónimos que nadie tiene en cuenta como opiniones serias, es el único resquicio que se sale del patrón. Pero el cascarón oficial se escuda en notas de prensa y opiniones a favor de corriente, siempre favorables. El objetivo, el mismo redil, guardando la ropa mientras el arroz se pasa. Al tiempo, el ciclismo perdiendo identidades.

Irrelevancia, la necesidad de un nuevo ‘Renacimiento’

Dicen eso, que la mejor forma de desprecio es no hacer aprecio. Si nos salimos de la burbuja (un saludo, Adam), ¿quién sabe que se están disputando París-Niza y Tirreno-Adriático? Ojo, dos de las mejores carreras del panorama. Pensamos que lo que vivimos es lo que otros viven con la misma intensidad. Y no es así. El ciclismo está cayendo en la irrelevancia absoluta. Como hay cuatro o cinco mediáticos que están copando todo, ya nada vale si no son ellos, si no están ellos.

Así vamos navegando entre esos dos mares, que son la tradición, el construir y el modernismo de cuatro que quieren mantener su chiringuito a flote por los pocos años que les queden de buena salud. Ideas como una Superliga aún más cerrada hacen pensar que el ciclismo realmente está dirigido por personas que no sólo no lo aman, sino que necesitan unos anteojos de alta graduación.

Siempre estamos con lo mismo porque cada idea es peor. La innovación en el ciclismo es poner a los ciclistas unos cascos risibles. No hay más propuestas, no hay ideas a medio y largo plazo. El World Tour, fórmula interesante para mantener cierta continuidad en los colores del pelotón (aunque no es la intención original, guiño, guiño) resulta que no es suficiente. Los grandes talentos agrupándose en dos, tres equipos, una diferencia abismal entre unas alineaciones y otras. Antes sonaban las elecciones y reelecciones para presidir la UCI. ¿Y ahora? O pasan de puntillas, o ni siquiera se menciona. El orden establecido exige un ‘Renacimiento’, que las personas que tengan cosas que aportar para que el ciclismo gane tomen el mando. Mando que no tendrían de primeras.

Recordemos el episodio del dron que Ezequiel Mosquera aportó como «innovación» a la retransmisión de su carrera. La UCI empezó a acotar sus usos, a empujar hacia el no uso. Sin embargo, nadie dice nada sobre cómo se retransmite el ciclismo y cómo de aburrido es. Claro, quienes lo contamos somos parte interesada. Y salir de la zona de confort o emplear energía en ciertos aspectos no cabe. Por lo tanto, mejor seguir la velocidad crucero y perdernos entre la niebla de la costa. Sin importar si es un mar, un océano o un charco del parque. Para nosotros es la panacea. Para otros, de intenciones blancas, una oportunidad. El resto lo considera irrelevante. Eso es el ciclismo.

Fotos: RCS / LaPresse