En los últimos meses, hemos visto cómo cada vez más ciclistas —desde amateurs hasta profesionales— vuelven a incorporar la carrera a pie en sus rutinas. Lo que en muchos casos era casi un tabú, ahora se muestra abiertamente en redes sociales: desde corredores ocasionales hasta figuras como Mathieu van der Poel completando 10 km, o profesionales registrando marcas rápidas durante la pretemporada. ¿Estamos ante una moda pasajera o ante un punto de inflexión sustentado por la ciencia?
La realidad es que el uso del trote en el ciclismo no es nuevo. Durante décadas fue un recurso habitual en la pretemporada. Más tarde, llegó un periodo en el que correr se consideró contraproducente: demasiado impacto, demasiado riesgo de lesión, poca transferencia al rendimiento. Sin embargo, el péndulo ha vuelto a oscilar, esta vez con evidencia sólida que obliga a replantear viejos dogmas.
Por qué el trote vuelve a ganar terreno
La razón de fondo no es estética ni tendencia: es salud ósea. La investigación de los últimos años ha dejado claro que el ciclismo, por muy exigente que sea, no proporciona un estímulo osteogénico suficiente. Es un deporte sin impacto, y eso tiene consecuencias a largo plazo.
Estudios recientes muestran:
- Alta prevalencia de baja densidad mineral ósea (BMD) en ciclistas de élite, tanto hombres como mujeres, en distintas etapas de su carrera (Hilkens et al., 2023).
- Una sola temporada profesional puede disminuir de forma significativa la densidad ósea en piernas, tronco, costillas y pelvis (Martínez-Noguera et al., 2023).
Todo esto ha abierto la puerta a revalorizar dos elementos antes discutidos en el ciclismo: el trote y el trabajo de fuerza, ambos fundamentales para producir estímulos mecánicos capaces de mantener y mejorar la estructura del hueso.
Beneficios fisiológicos de correr y evidencia científica reciente
La carrera a pie aporta lo que el ciclismo no puede ofrecer: impacto controlado, que estimula la remodelación ósea y activa grupos musculares poco solicitados en la bicicleta. Incluso dosis pequeñas —10 a 20 minutos una o dos veces por semana— pueden generar adaptaciones beneficiosas.
Varios estudios comparativos muestran que los ciclistas, al ser un deporte sin soporte de peso, presentan densidad mineral ósea significativamente menor que corredores de características similares (Hansen et al., 2008). Esto respalda la idea de que la inclusión de ejercicio de impacto, como correr, puede ser clave para prevenir osteopenia u osteoporosis en ciclistas.
Además, una revisión reciente sobre deportes de bajo impacto, incluyendo el ciclismo, halló que intervenciones como fuerza, saltos pliométricos y vibración de cuerpo entero (WBV) pueden mejorar la densidad mineral ósea en estos atletas (Florvåg, Berg, Røksund et al., 2025). Sin embargo, los autores subrayan que la evidencia aún es limitada: solo cinco estudios fueron aptos para la revisión y los protocolos eran heterogéneos. Esto refuerza la idea de que no basta con “meter trote” por moda: es necesario diseñar intervenciones osteogénicas bien estructuradas según el tipo de ciclista.
Beneficios fisiológicos vs. impacto directo en el rendimiento ciclista
Aunque correr aporta beneficios claros para la salud ósea y la musculatura complementaria, la evidencia sobre mejoras directas en el rendimiento específico de ciclismo es limitada:
- Beneficios fisiológicos confirmados:
- Mejora de la densidad mineral ósea.
- Fortalecimiento de grupos musculares poco solicitados en la bici.
- Incremento moderado de capacidad cardiovascular general.
- Impacto directo sobre el rendimiento ciclista:
- No hay evidencia concluyente de que correr aumente potencia en vatios o velocidad promedio.
- Un exceso de carrera puede generar fatiga muscular o articular, afectando negativamente la bici si no se gestiona correctamente.
Conclusión práctica: correr es un complemento para mejorar salud, resistencia general y prevención de lesiones, pero no sustituye entrenamientos específicos en bicicleta. La progresión debe ser gradual y personalizada.

El papel esencial del entrenamiento de fuerza
Hace no tantos años, el trabajo de fuerza también fue objeto de debate en el ciclismo. Hoy es un pilar en casi cualquier planificación seria. No solo aporta rendimiento —más potencia, más estabilidad, más eficiencia—, sino que es una herramienta crucial para:
- aumentar la densidad ósea,
- proteger articulaciones,
- reducir la fatiga acumulada,
- mejorar la economía del pedaleo.
El paralelismo con la carrera a pie es evidente: ambos aportan estímulos que el ciclismo, por sí mismo, no es capaz de ofrecer.
La importancia de individualizar según la experiencia del ciclista
Aunque la evidencia es sólida y los beneficios del impacto están claros, no todos los ciclistas responderán igual. Y aquí entra la parte más importante: la individualización.
Probablemente, donde más sentido tiene introducir la carrera a pie y el trabajo osteogénico es en ciclistas nuevos o en etapas formativas. Sus tejidos toleran mejor nuevos estímulos, la técnica se adapta fácilmente y el riesgo de sobrecarga es menor. En ellos, correr puede ser una herramienta extraordinaria para construir una base estructural fuerte.
En cambio, con ciclistas que llevan muchos años entrenando exclusivamente sobre la bici, el escenario cambia. Tienen una musculatura muy especializada, patrones de movimiento rígidos y tejidos adaptados a un deporte sin impacto. En estos casos:
- introducir el trote de manera brusca puede generar más daño que beneficio,
- el riesgo de lesiones en sóleo, Aquiles o gemelos es real,
- y la capacidad de adaptación estructural puede ser más limitada.
Por eso, con ciclistas veteranos o muy especializados, la pregunta no es “¿deberías correr?” sino:
¿qué volumen, qué frecuencia, qué progresión y con qué objetivo?
Preferencias personales y bienestar: otro factor que no se puede ignorar
Más allá de lo físico, existe un componente esencial: las preferencias del propio ciclista. Hay deportistas que no disfrutan correr; para ellos, introducir este trabajo puede generar rechazo, estrés o mala técnica, lo que aumenta el riesgo de lesión y disminuye cualquier posible beneficio. Obligar a correr a quien no lo tolera o no lo quiere puede ser contraproducente.
Por el contrario, otros ciclistas disfrutan la carrera a pie y agradecen la variedad. Para ellos, incorporar una actividad diferente, motivadora y mentalmente refrescante puede aportar beneficios físicos y también psicológicos. La motivación, la adherencia y el disfrute del entrenamiento son factores determinantes en el rendimiento a largo plazo.
Una vez más, la clave vuelve a ser la misma: conocer el perfil del deportista y adaptar la planificación a su realidad. La individualización no es solo fisiológica: también es emocional, motivacional y contextual.
Conclusión: ni obligación ni prohibición, sino criterio
La carrera a pie vuelve al ciclismo no como tendencia, sino como respuesta a una necesidad real: mejorar la salud ósea y la resiliencia física. Sin embargo, su introducción debe ser estratégica, progresiva y perfectamente individualizada.
Hoy sabemos que:
- el ciclismo por sí solo no garantiza huesos fuertes,
- correr y entrenar fuerza pueden ser complementos esenciales,
- los beneficios existen, pero dependen del contexto y la historia del ciclista,
- las preferencias personales influyen tanto como los factores fisiológicos,
- y aunque hay beneficios fisiológicos, correr no sustituye entrenamiento específico en bici para mejorar rendimiento directo.
En definitiva, no se trata de obligar a nadie a correr ni de mantener el viejo tabú de prohibirlo. Se trata de utilizar el conocimiento actual para construir ciclistas más fuertes, más sanos y más completos.
Referencias
- Florvåg, A. G., Berg, Ø. A., Røksund, O. D., Jorem, G. T., & Bogen, B. E. (2025). Exercise interventions to improve bone mineral density in athletes participating in low-impact sports: a scoping review. BMC Musculoskeletal Disorders, 26, Article 73. https://doi.org/10.1186/s12891-025-08316-5
- Hansen, D. W., Hassager, C., & Alexandersen, P. (2008). Participation in road cycling vs running is associated with lower bone mineral density in men. Clinical Journal of Sport Medicine, 18(3), 225–230. https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/18191053
- Hilkens, L., van Schijndel, N., Weijer, V., Boerboom, M., van der Burg, E., Peters, V., Kempers, R., Bons, J., van Loon, L. J. C., & van Dijk, J.-W. (2023). Low bone mineral density and associated risk factors in elite cyclists at different stages of a professional cycling career. Medicine & Science in Sports & Exercise, 55(5), 957–965. https://doi.org/10.1249/MSS.0000000000003113
- Martínez-Noguera, F. J., Alcaraz, P. E., Ortolano-Ríos, R., & Marín-Pagán, C. (2023). One season in professional cycling is enough to negatively affect bone health. Nutrients, 15(16), 3632. https://doi.org/10.3390/nu15163632
- Olmedillas, H., González-Agüero, A., Moreno, L. A., Casajus, J. A., & Vicente-Rodríguez, G. (2012). Cycling and bone health: a systematic review. BMC Medicine, 10, 168. https://doi.org/10.1186/1741-7015-10-168
- Graf, L., et al. (2024). Musculoskeletal loading from road cycling and distance running on bone bending strength and BMD in athletes. Journal of Clinical Medicine Images & Case Reports, 4(1), 1644. https://doi.org/10.7860/JCDR/2024/74451.20244

José Manuel Gutiérrez, conocido por todos como ‘Gallu’, es un ciclista natural de Cantabria. Se estrena en el palco de opinión, pero tiene muchas cosas que decir sobre ciclismo profesional, entrenamiento y muchos otros aspectos de los que nos hablará este auténtico trotamundos del mundo del ciclismo y enamorado de la bicicleta.